En Bruselas

“Pasé más frío que un pollo desplumado, pero confirmé una vez más mi admiración y mi respeto por este pueblo que he elegido como mío con toda modestia. ¡Es tan raro, tan insólito que la gente en su comportamiento colectivo te lleve el corazón a la garganta!”, escribe Ramón Cotarelo en su blog.

Cotarelo habla de 60.000 personas y la policía belga de más de 45.000. Ahora, sin embargo, acabo de leer que la agencia de noticias Reuters ha cifrado en 50.000 el número de manifestantes que el independentismo congregó ayer en Bruselas. Pero el dato concreto no es lo que importa, importa la cantidad de gotitas amarillas que conformaron aquella enorme marea que invadió como un tsunami pacífico y festivo la llamada capital de Europa.

Eso es lo que cuenta, que no son cuatro alocados antiguos, pasados ​​de moda y ridículos ―como dice García Albiol― los que han ido a Bruselas porque tienen carnet de identidad español y por eso son europeos ―como dijo Sáez de Santamaría―, sino miles de ciudadanos europeos de pleno derecho que han querido reclamar ―una vez más, pacíficamente, ¡por supuesto!― el respeto que se tienen bien ganado y que los gobiernos de España le niegan sistemáticamente, la libertad de los presos políticos, el regreso de su presidente legítimo exiliado y el cese de toda represión, la derivada del 155 y la que no deriva.

A García Albiol y Sáez de Santamaría les recordaría que la realidad es tozuda y que, por mucho que nos quieran rendidos a sus pies y aplastados, los catalanes siempre les demostraremos ―cada vez más masivamente y donde sea necesario, por lejos que sea―, la fortaleza de nuestras convicciones. Esto es lo que les duele, que no pueden con nosotros, que no pueden doblegarnos. Y eso les provoca erupciones alérgicas e incontinencia verbal. El Sr. García Albiol ya es así, desmesurado, resentido, provocador. La virreina es como una niña caprichosa y consentida que hace rabietas cuando las cosas no le salen como quiere.

La pena es que no son los únicos que reaccionan visceralmente ante “las cosas que hacen los catalanes”, que hay muchos como ellos y que, por tanto, deberíamos hablar de anticatalanismo más que de unionismo.

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