42 años atrás

Voy atrasado con mi diario. Estos días me cuesta mantenerme al corriente. Ayer era 20 de noviembre y hacía años de la muerte de Franco. Con ese motivo  alguien escribió un artículo que evocaba las reacciones que tuvimos hace 42 años, cuando se produjo la noticia. Al leerlo pensé que podía escribir sobre qué hice yo, pero ayer no encontré el momento de ponerme a hacerlo.

En noviembre de 1975 yo tenía 21 años. Me faltaba poco más de un mes para terminar el servicio militar y disfrutaba de mi último permiso, lo que me permitía ir al trabajo a jornada completa y cobrar el sueldo entero. Madrugaba, pues, y aquel día ―como siempre desde que Franco estaba postrado en su lecho de muerte―, puse la radio para saber si había llegado el momento. Y, sí, aquel 20 de noviembre, había llegado el momento y recuerdo que me apresuré a marchar hacia el trabajo no fuera a ser que llamaran del cuartel para acuartelarme y me encontraran en casa. Una alegría inmensa me invadía, como a muchos catalanes y españoles: había muerto el dictador.

Los discursos que nos daban los oficiales de guardia en los meses precedentes, demostraban que en el seno del ejército había incertidumbre y miedo. Era como si los militares hubieran de sentirse huérfanos de guía y jefe supremo por la desaparición de aquel octogenario decrépito, a pesar de que era inevitable y estaba anunciada de antemano.

Al llegar a mi destino de San Andrés del Palomar después de jurar bandera, me hicieron cabo sin siquiera preguntarme. De manera que hice muchas guardias, y escuché muchos discursos apocalípticos; sé de lo que hablo y no es extraño que en aquellas circunstancias temiera que suspendieran los permisos. Pero no llamaron, ni entonces ni nunca, y yo pude terminar mi permiso sin problemas.

Ayer también se supo que Barcelona no será sede de la Agencia Europea del Medicamento. Todo el mundo se ha rasgado las vestiduras y ha habido fuego cruzado de acusaciones de culpabilidad. Yo tengo la sensación que todos íbamos de sobrados, que dábamos demasiado por seguro que Barcelona era la candidata preferida o ideal sin tener en cuenta la entidad y las cualidades del resto de contendientes: Copenhague, Milán y Amsterdam. Y a mi eso no me parece bien. Todas ellas son rivales muy dignas y preparadas y estoy seguro de que quienes han decidido han valorado todos los elementos a considerar, incluyendo el delicado momento que se está viviendo en Cataluña, que probablemente no ha ayudado. Pero oyendo a unos y otros, parece como si las otras ciudades concurrieran de relleno, y eso no es justo.

A ver si al final tendremos que disculparnos con ellas por menospreciarlas, como ha tenido que hacer el Presidente Montilla por haber dicho que no es lo mismo para España que se separe Cataluña que Ceuta o Melilla.

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