Una relación singular

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Hace unos años conocí a una persona singular. En aquella época yo trabajaba en el centro de la ciudad y mi oficina se encontraba justo enfrente de la entrada norte del Gran Parque. Fue a finales de febrero, aunque ya no hacía frío. El invierno se había mostrado sorprendentemente benévolo y parecía que la primavera tuviera prisa por llegar y quisiera regalarnos aquellos días de sol espléndido. También aquél fue un día luminoso. Árboles y arbustos se exhibían repletos de brotes tiernos y flores y el parque estaba muy hermoso. En el ambiente reinaba el optimismo que siempre acompaña a la bonanza y la gente estaba exultante.

Salvo cuando llovía, yo aprovechaba siempre los minutos del bocadillo de la mañana para salir de la oficina y estirar las piernas mientras me comía el sándwich que me había preparado en casa. Aunque hiciera frío, cruzaba la calle y me adentraba un poco en el parque. El embarcadero del lago no quedaba lejos de la entrada y yo me acercaba hasta la cafetería para tomar un café sentado a una mesa al sol antes del volver al trabajo. Normalmente, a aquella hora aún temprana sólo algún paseante aislado mataba su tiempo por allí. Se acercaban al borde del agua y contemplaban distraídamente cómo los patos flotaban a la deriva. Después, reemprendían la marcha y se adentraban en el parque por alguno de los muchos caminos que confluían en aquel lugar. Mientras tanto, una mujer atraía a las aves echándoles migas de pan y un corredor de fondo se maltrataba hasta la extenuación compitiendo por ser el primero de un pelotón invisible. Pero, por lo demás, a aquella hora el parque estaba tranquilo y más bien solitario. Era demasiado pronto para los turistas, que llegaban a mediodía, en grupos, con sus cámaras al cuello siguiendo a una mujer con paraguas como si se tratara de una camada de ocas. El Gran Parque y su lago natural son uno de los atractivos de nuestra ciudad.

La terraza del embarcadero estaba más concurrida que de costumbre el día al que me refiero. En invierno los empleados no disponen más que cinco o seis mesas; normalmente, son suficientes. En nuestra ciudad, los inviernos suelen ser rigurosos y sus días no invitan a sentarse al aire libre. Aquella mañana, sin embargo, debido sin duda a la agradable temperatura, todas las mesas estaban ocupadas y yo ya me disponía a irme cuando me percaté de las señales que me hacían desde una de las más cercanas a la orilla. Era un hombre a quien conocía de vista por haberme cruzado alguna vez con él en los pasillos del pequeño rascacielos donde yo trabajaba. Con sus 20 pisos era el edificio más alto de la ciudad y albergaba a multitud de empresas. Convencido de que era lo que él quería, me acerqué a su mesa.

―Siéntese conmigo, por favor ―me dijo sonriendo―. Para mí será un placer compartir mesa con usted, así que, si a usted no le importa, no vuelva a la oficina sin tomar su café de cada día.

Tenía una sonrisa agradable. Calculé que si mi edad no doblaba la suya poco debía faltar. Era bien parecido y, aunque su estatura y su complexión eran bastante corrientes, podía decirse que era un hombre atractivo. La amistosa expresión de su cara inspiraba confianza, pero eso yo ya lo sabía, porque, desde el primer día que me crucé con él, Alfredo ―así resultó que se llamaba― formó parte de ese grupo de personas de las que uno sabe a simple vista que le caerán bien si las llega a conocer.  Accedí a su invitación y me senté. Un diligente camarero se acercó y pedí mi café.

La conversación no duró mucho, justo lo que cuesta tomarse el café del desayuno de un día de trabajo. Pero ese breve espacio de tiempo fue suficiente para ponernos al corriente de nuestras respectivas ocupaciones. Alfredo poseía una licencia de detective privado y ejercía como tal. Tenía alquilado un pequeño despacho en las plantas inferiores del rascacielos y, además de investigar infidelidades de todo tipo de parejas, hacía pequeños encargos para bufetes de abogados. De alguna manera, esa era la razón por la que sabía que yo tenía la costumbre de tomar café en la terraza del embarcadero, porque me veía muchas veces, desde la distancia, cuando cruzaba el parque camino de alguna de sus gestiones. Alfredo siempre estaba alerta, se fijaba mucho en todo y cualquier pequeño detalle podía llamar su atención. Era un especialista en descubrir patrones de comportamiento y mi rutinario modo de actuar “responde a un patrón tan básico que se estudiaría en las clases de párvulos de las escuelas de detectives, si existieran”, me contó divertido aquel día.

Yo, por mi parte, le expliqué que no era más que un vulgar contable en una aseguradora.

― ¡Lo sé! ―me dijo. Mi cara debió reflejar todo el escepticismo que sentí, porque añadió― ¡No olvide que soy investigador privado! ―Y soltó una sonora carcajada.

Tuve que irme. Mi tiempo libre se acababa y debía volver a mi cubículo. La mía era una compañía de ámbito regional y su sede central ocupaba toda una planta del edificio. El centro contable, mi lugar de trabajo, era una gran sala dividida en multitud de diminutos despachos que ocupaban los empleados. Aquel sitio era un hervidero de actividad, un enjambre de individuos que aporreaban sin parar los teclados de sus ordenadores, cuadraban las cuentas de la compañía o hablaban por teléfono enfadados con las sucursales por los errores que cometían.

Recuerdo que envidié a Alfredo cuando volvía a mi despacho. “Su trabajo sí que debe ser interesante ―me decía a mí mismo―. Andar por ahí fisgoneando sin que te descubran debe ser emocionante”. Pero de aquel primer encuentro también recuerdo que me dejó ligeramente inquieto. ¿Era verdad que Alfredo sabía que yo era contable en una compañía de seguros? Probablemente la cuestión carecía de importancia y solo se trataba de una broma propiciada por su condición de detective privado, pero la verdad es que yo me sentía molesto, como si Alfredo hubiera invadido subrepticiamente mi espacio personal. Además ―pensaba yo―, ¿por qué razón habría de interesarse por mí, si es que realmente lo había hecho? Estas y otras preguntas por el estilo anduvieron dando vueltas en mi cabeza el resto del día. Estaba intrigado, inmerso en una extraña mezcla de sensaciones que iban desde la ofensa hasta el halago, de manera que, para salir de dudas, decidí que se lo preguntaría abiertamente la próxima vez que nos viéramos.

Fue Alfredo quien vino a sentarse a mi mesa. Había pasado una semana sin que coincidiéramos, yo ya había olvidado mis cavilaciones y, aunque no sé por qué, me alegré de verlo. Estábamos en el embarcadero del Gran Parque, era la hora del bocadillo, como la otra vez, pero, aunque lucía el sol, el tiempo había cambiado y hacía fresco. El encuentro fue breve de nuevo, pero quedamos para comer juntos aquel mismo día.

― Mi mujer también trabaja ―me dijo― y solo comemos juntos los fines de semana. Es una cuestión de horarios. Usted ya debe haber supuesto que yo no tengo horarios regulares debido a la naturaleza de mi trabajo; y que siempre como fuera de casa, cuando puedo y allí donde me encuentro a la hora de la comida. Ella sí, ella tiene un horario fijo y puede cumplirlo. Por eso se encarga de ir a buscar a nuestra hijita al jardín de infancia a media tarde.

Yo vivía solo, nada ni nadie me condicionaban y no tuve ningún inconveniente en aceptar su propuesta. Si alguna cosa hubiera tenido mi agenda, caso de tenerla, eran huecos libres; por eso no me hacía falta tener ninguna.

Durante la comida, hablamos de esto y de lo otro, de lo humano y de lo divino, de muchas cosas por encima y de ninguna en profundidad. Yo no cuento con muchos amigos; para mí fue una experiencia agradable, y creo que Alfredo también apreció mi compañía y mi conversación. Los encuentros se repitieron, aunque nunca fue de una forma sistemática. Nunca nos buscamos el uno al otro, pero si nos encontrábamos y las gestiones de Alfredo lo permitían, aprovechábamos y comíamos juntos. Ocurrió con cierta frecuencia durante el par de años que duró nuestra peculiar relación.

Creo que llegué a sentir por Alfredo un afecto desinteresado que nació entonces y fue creciendo y se fortaleció con el trato a lo largo del tiempo. Nunca fuimos unos amigos muy ortodoxos, nunca salimos de copas por ahí, ni a hacer el balarrasa ni esas cosas que acostumbran a hacer juntos los amigos. Nunca estuve en su casa y ni siquiera supe a ciencia cierta donde vivía con su familia. Nunca habría conocido a su esposa y a su hija de no ser porque la casualidad quiso que nos encontráramos frente a la catedral un domingo a mediodía. Ellos salían de la boda de un familiar; a mí siempre me ha gustado perderme por el casco antiguo de la ciudad y me acerco a él con frecuencia.

Alfredo y yo siempre nos vimos con una mesa de por medio, ya fuera comiendo o tomando un café. Hablábamos de aquello que nos gustaba y de las cosas que nos preocupaban, aunque no siempre coincidieran nuestros intereses. La postura que cada uno mantenía frente a los diferentes temas de conversación era distinta, obviamente, pero generalmente se trataba más de la diferente intensidad con la que abordábamos las cuestiones, que de discrepancias reales de punto de vista. Las diferencias estaban en los matices. Ninguno de los dos era religioso, políticamente los dos nos confesábamos de izquierdas, ambos compartíamos afición por el fútbol y devoción por el mismo equipo, de manera que podría parecer que nuestros debates no hubieran de ser tales. Y, sin embargo, nuestras batallas dialécticas siempre resultaron enriquecedoras, aunque sólo hubiéramos discutido una cuestión tan prosaica como la táctica que convenía utilizar a nuestro equipo en el próximo partido. Y podían llegar a ser muy encarnizadas, porque los dos éramos muy vehementes defendiendo nuestras creencias, pero Alfredo era mucho más radical que yo.

Al principio atribuí su contundencia a la edad. Cuando era joven, yo también era bastante radical, mucho más inflexible en mis convicciones de lo que soy ahora. Sin embargo, por lo que se refiere a Alfredo, con el tiempo acabé creyendo que no cambiaría ni haciéndose mayor. Había un punto de testarudez en su carácter que así me lo hacía pensar.

Alfredo podía ser muy obsesivo. Era muy aficionado a leer cualquier cosa relacionada con temas misteriosos. Ovnis, fantasmas, fenómenos paranormales, reencarnación… cualquier cosa que no tuviera una explicación clara o que no estuviera suficientemente demostrada podía llamar su atención y excitar su imaginación. Su curiosidad innata le llevaba a estar siempre al tanto de cualquier novedad que se produjera al respecto, aunque lo que se publicara no siempre estuviera suficientemente contrastado. Y fue esa curiosidad la que le condujo al conocimiento de la teoría que sostiene, entre otras cosas, que la muerte no existe tal como la concebimos, que se trata solo de una ilusión. Alfredo defendía apasionadamente los argumentos que justificaban semejante afirmación y me explicaba “que esta teoría ha aparecido como una evolución necesaria, gracias a sus avances, de la física cuántica, que está demostrando empíricamente aspectos espirituales que los científicos han considerado creencias sin fundamento hasta hace bien poco”.

Se trataba de un tema recurrente y, precisamente, del más polémico, porque yo me resistía a darle la razón. Siempre he sido muy escéptico en estas cuestiones, pero Alfredo nunca dio su brazo a torcer y, cuanta más resistencia le oponía yo, más redoblaba sus esfuerzos por convencerme de la corrección de sus razonamientos y de lo irrefutable de los argumentos que la ciencia ponía a nuestro alcance.

Mi empresa había sufrido algunos reveses económicos importantes en los últimos años. Aunque todo el mundo parecía estar de acuerdo en que su continuidad estaba amenazada, la dirección tardó en reaccionar. Los analistas sentenciaron que, efectivamente, su viabilidad estaba en peligro si no se adoptaban con urgencia una serie de medidas contundentes, que para sobrevivir al desastre las cosas no podían seguir en el estado en que estaban. Para salvar al buque del naufragio había que largar lastre en primer lugar, así que los directivos “se vieron obligados a tomar la dolorosa decisión de despedir a la mitad de la plantilla”. Y con esas mismas palabras nos lo comunicaron y en pocas semanas me encontré en la calle como otros 132 afectados más. Con 61 años, mi vida cambió.

Han pasado más de dos años desde entonces y no he vuelto a ver a Alfredo. Los encuentros casuales ya no se producen y, sin ellos, no podemos citarnos para comer juntos. Por un acuerdo expreso, uno nunca supo el número de teléfono del otro. Ni siquiera nos los dimos cuando me despidieron del trabajo y nuestro distanciamiento se veía como inevitable. Nuestra relación siempre dependió del azar, el azar formaba parte del juego. En todo este tiempo he pensado muchas veces en él. Echo de menos nuestras conversaciones, y he estado tentado de acudir al rascacielos, hacerme el encontradizo y provocar una nueva reunión. Hubiera querido hablar con él y preguntarle cómo les van las cosas a él y a su esposa; y también saber cómo está creciendo su hijita, pero nunca he llegado a hacerlo. Siempre me ha frenado el convencimiento de que eso sería traicionar la esencia de nuestra peculiar relación.

Sin embargo, hoy he tenido noticias suyas. Ahora nunca voy al centro de la ciudad durante la semana, si puedo evitarlo; ahora huyo de las aglomeraciones y del bullicio del tráfico.  Prefiero ir los domingos, cuando todo aquello está más tranquilo. Siempre me gustó el Gran Parque y vuelvo a él de cuando en cuando y paseo junto al lago y me siento luego en un banco, en algún rincón tranquilo, a leer un rato hasta la hora de comer. Hoy es el primer domingo de junio y eso justamente es lo que he hecho. Y ya volvía a casa, ya estaba en la parada del autobús cuando Lucas Monforte me ha visto allí, esperando, y ha venido a saludarme. Lucas era uno de los porteros del rascacielos cuando yo estaba en activo y lo sigue siendo, según me ha dicho. Lucas es más joven que yo y nos conocemos, además, por ser oriundos del mismo pueblo, nuestros padres fueron paisanos. Dejé escapar un autobús de los que me hubieran acercado a casa. Lucas tenía muchas cosas que contarme. Él es muy locuaz y su puesto de trabajo una fuente inagotable de chismes y novedades. Me ha puesto al corriente de todo, de lo que podía interesarme y de lo que no, y, ya al final, solo al final, quizá por delicadeza, conocedor como era de la amistad que nos unió, me ha contado lo de Alfredo. Hace apenas 10 días que lo han enterrado, Alfredo ha muerto víctima de una voraz enfermedad que le habían diagnosticado apenas un mes antes. “Su esposa, como es natural, está destrozada”, me ha dicho Lucas. “Y su hijita de 5 años anda diciendo a todo el mundo que su papá ahora está en el cielo, pero que también está en su corazón. ¡Un drama!”.

Cuando Lucas me ha dejado, yo aún estaba aturdido y no he vuelto a casa inmediatamente, no estaba en condiciones. He entrado en el parque y no sé cuanto rato he pasado deambulando sin rumbo. Al final, sin saber cómo, he llegado al embarcadero, donde lo conocí. No podía quitarme a Alfredo de la cabeza, ¡tan joven aún! Y pensaba en su mujer, y en la hija de ambos. Me he sentado en la terraza y he pedido una tila; aún estaba afectado por la noticia y muy alterado. Hacía calor y me he quitado la chaqueta.

El camarero ha dejado la infusión sobre la mesa y se ha alejado. Entonces alguien a quien no he visto acercarse, me ha cogido desde atrás el brazo derecho. Yo notaba claramente la presión de sus cinco dedos, y me he girado para ver quién era… pero allí no había nadie. Y, a pesar de todo, la presión no cesaba y, aunque yo estaba aterrorizado y era incapaz de moverme, he podido ver las marcas blanquinosas que me dejaban en la piel aquellos dedos invisibles. He querido gritar, pero no he podido; de mi garganta no ha salido ni el más leve gemido.

Entonces, quien me estaba oprimiendo el brazo se ha manifestado de otro modo.

― ¡No tema, soy yo, Alfredo! ―ha dicho. Y, con parsimonia y una mal disimulada satisfacción, ha añadido― ¿Lo ve? ¡Yo tenía razón, la  muerte es solo una ilusión!