Todo vale

Yo pienso que velar por el cumplimiento de los valores en los que se fundamenta una organización debería ser una de las más importantes ocupaciones de su presidente. Pero lo que yo piense no vale para nada y que lo escriba aquí no tiene más valor que dejar constancia de mi opinión.

Sin duda, el Sr. Juncker no tiene tiempo de informarse de las violaciones de derechos fundamentales que se están produciendo sistemáticamente en uno de los estados miembros de la Unión Europea. Debe estar muy ocupado con otras cosas, como recoger premios y recibir títulos de doctor en países que vulneran los derechos de sus ciudadanos.

“Es un asunto interno de cada estado”, es la cantinela que utiliza cuando le preguntan. Pero cuando le conviene no se esconde de apoyar a quien gobierna, y tampoco lo ha hecho en el caso de Cataluña, en el que ha apoyado al Sr. Rajoy e, incluso, ha aceptado como buena la falacia de que las imágenes de violencia del uno de octubre eran un montaje. Cosa indigna de quien ocupa su cargo e indignante para quienes sufrieron la violencia. No es extraño, pues, que el presidente Puigdemont haya cuestionado en voz alta la conveniencia de que Cataluña pertenece o no al club que preside semejante personaje.

La Junta Electoral y el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña se han inhibido en el caso de la denuncia presentada por la CUP por la concentración que la extrema derecha ha programado ante su sede, justo a la misma hora que debe reunirse el consejo político de la formación para cerrar el programa de cara a las elecciones del 21D. Aunque parezca increíble, ambos organismos se han negado a prohibirla.

Estas mismas instancias son las que han prohibido la iluminación en amarillo de las fuentes de Barcelona, ​​los lazos de los apoderados en los colegios electorales, las pancartas en favor de la libertad de los presos y las reuniones de los abuelos de Reus, entre otros cosas, pero, en este caso, no consideran que haya suficientes razones para desautorizar una concentración fascista a las puertas de una formación anticapitalista. Será que presuponen que esta vez la convocatoria de “Por España me atrevido” será pacífica y no intimidará a nadie ni interferirá en el normal desarrollo de la preparación de la campaña electoral. Ojalá sea así y no haya disturbios, pero a mí me parece que es una decisión irresponsable, fruto de la aplicación de un doble rasero a la hora de considerar las denuncias, que se resuelven de manera diferente según si llegan de los partidos unionistas o de los independentistas.

Hay otros ejemplos de actuaciones interesadas y partidistas desde todos los ámbitos. El ministro de exteriores ya prohibió hace unas semanas al Puerto de Barcelona asistir a un evento internacional y hoy no ha permitido que la Generalitat participe en un foro sobre ciudades y migración. Y eso es un intento muy evidente de hacer perder competitividad y prestigio internacional a los organismos y las instituciones catalanas para luego decir que todo lo que de malo nos pasa a los catalanes es culpa del proceso de independencia. El partido que gobierna España ―que es el segundo menos votado en Cataluña pero que ahora también la gobierna por obra y gracia del artículo 155―, denuncia a Mònica Terribas por editoriales que escribe para los “Matins” de Cataluña Radio. Fiscales, Policía y Guardia Civil, algunas asociaciones e incluso particulares, poseídos de un celo extraordinario, denuncian, imputan o citan a declarar a humoristas y a blogueros haciendo gala de una energía desbordante. E incluso se han cerrado perfiles de Facebook. Y, todo ello, por la sola razón de no comulgar con la idea de la unidad de España. Y toda esta manera de hacer, o de dejar hacer, tiene un nombre que no gusta ―dicen― en Europa. ¿Hasta dónde llegaremos? ¿Hasta cuándo piensan permitirlo, Sr. Juncker?

A estas alturas, a pesar de la advertencia de que “prevalezca la fuerza de la razón y no la razón de la fuerza”, ya es muy evidente que España tiene y mantiene abierta una causa general contra el independentismo y yo pienso que Europa debería intervenir para no permitirlo. Porque una cosa es que el Sr. Juncker sea de derechas y correligionario del Sr. Rajoy y otra muy diferente es que, como presidente del Consejo de Europa, consienta que pase lo que está pasando en Cataluña en pleno siglo XXI.

Y mientras tanto, los presos políticos, que ya han declarado ante el juez del Tribunal Supremo, continúan en prisión. Hasta el lunes, cuando menos.

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