Hilar fino

― No esperes de mí más de lo que puedo darte. Al fin y al cabo, eres humano y tienes tus limitaciones, no nos engañemos, y yo soy una de ellas. Además, no desesperes, tú no eres un profesional de esto de escribir y no tienes que presentar a tu redactor jefe un artículo cada día. No siempre tendrás un par de horas para dedicarte a ello, a veces no podrás sentarse en el ordenador, a pensar qué escribes y a escribir lo que piensas. Así que, hazlo cuando puedas y disfruta de ello.

Así me hablaba esta mañana mi intelecto. Él me acompaña allá donde voy, aunque no siempre se manifiesta. No habla como tú o como yo, es algo extraño. Es como si hubiera alguien dentro la cabeza que me dice cosas que yo oigo sin oír su voz. A menudo no dice nada y creo que sólo habla cuando quiere que tome conciencia de algo importante.

Hoy, debía estar juguetón, porque me ha largado ese discurso justo cuando ya pensaba que no encontraría ningún argumento sobre el que escribir. Como es natural, en un primer momento pensé que se burlaba de mí o que quería hundirme en la miseria anímica y deprimirme. Pero no, no era eso lo que pretendía mi entendimiento.

Tras pensar un poco, me he dado cuenta de que a menudo escribo a partir de una frase o de una palabra que me vienen a la cabeza sin explicación aparente. Será él ―el intelecto―, que me las pone en bandeja, como un reto para que yo ponga en marcha la maquinaria pensante. Y es curioso, porque yo visualizo este fenómeno como si llevara pegado en la frente un rótulo de neón, como aquellos que había en las calles de Barcelona cuando yo era pequeño. Me parecían espectaculares y miraba embobado como se encendían y apagaban para llamar la atención de los transeúntes. Y eso es lo que he creído que hacía hoy, provocarme para que escribiera a partir de una frase que, a lo largo de toda la jornada, se ha repetido en mi cabeza como una salmodia infinita. De modo que he tenido la sensación de ir todo el día con la primera frase de su discurso escrita en la frente, parpadeando todo el tiempo: “No esperes de mí más de lo que puedo darte”.

Cambiando de tema, leyendo la prensa he recordado que a mí, desde pequeño, siempre me han enseñado que no hay que temer dar explicaciones si no se tiene nada que ocultar. Las cosas deben haber cambiado mucho, porque el Senado ha ahorrado al ministro del interior español tener que dar explicaciones sobre el trato vejatorio sufrido en el traslado a la cárcel por los consejeros detenidos.

O los senadores tienen la conciencia tranquila porque aprueban la actuación policial, o no tienen intelecto o, si lo tienen, es mudo. El ministro Zoido, por su parte, es tan concienzudo, que ha expedientado a un mosso que acompañó Puigdemont a Bruselas cuando estaba de vacaciones. Eso es hilar fino, ¡sí señor! Como el ministro de hacienda, que ha reclamado a la fiscalía del Tribunal de Cuentas que investigue los 200 alcaldes catalanes que fueron a Bruselas a ver a Puigdemont, para averiguar si han pagado el viaje con dinero público.

No es que estén enfermos, ¡es que son unos cínicos! Actúan así porque el anticatalanismo da votos. Lo dice Cotarelo hoy. Otros también lo han dicho, y lo demuestran las encuestas: ¡Quédate Porque te quiero humillada a mis pies!

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