Venceremos!

Cuando uno ha decidido ir a una manifestación y ya está acudiendo a ella, enseguida se hace una idea de cuál será el éxito de la convocatoria. Ayer, antes de meternos en la estación de metro de Fabra i Puig, vimos cómo un estirado grupo de más de doscientas personas cruzaba la Meridiana ―el semáforo de los peatones estaba en verde, naturalmente― y se reagrupaba en la acera del lado montaña. Eran manifestantes dispuestos a ir andando desde allí con sus “esteladas” y sus pancartas, con sus cánticos y sus consignas, y con su fiesta particular hasta el lugar de concentración de la Gran Manifestación por la Libertada de los Presos Políticos.

Buenas vibraciones, ya. Una vez dentro de la estación, tuvimos que hacer cola para superar los tornos que validan los billetes antes de acceder a los andenes, considerablemente repletos de gente, como el tren cuando vino y durante el trayecto hasta las estaciones más próximas al punto de reunión, a las que llegó a reventar. Muchos de los que viajábamos en aquel convoy, pensábamos que habían cerrado la estación de Marina; así lo había anunciado la organización de la protesta. Algunos bajaron en la parada anterior mientras que otros, como nosotros, pensamos hacerlo en la siguiente. Sin embargo, Marina estaba en servicio y acabamos bajando allí.

Buena señal para el éxito de la marcha que el servicio de seguridad del metro estuviera coordinando la evacuación de la estación y hubiera dispuesto todas las escaleras mecánicas en sentido ascendente, pero la mejor señal de todas llegó cuando, por fin, accedimos a la calle: la confluencia de Marina con Meridiana y Almogàvers estaba repleta de gente que se perdía de vista calle Marina arriba en sentido montaña. Calculo que pudimos abrirnos paso hasta unos veinte metros más adentro del grueso de la gente, imposible ir más allá.

Eran las 16,30 h. y pensé que si aquel cruce de 3 vías anchísimas estaba lleno como estaba era porque la manifestación iba a ser un éxito rotundo. Nada importaba que la cobertura de los móviles empezara a fallar y que los mensajes de what’s up que intentábamos enviar no llegaran a su destino porque las redes estaban saturadas. También eso era una buena señal. ¿Qué importaba que tu familia y los amigos que no estaban contigo no recibieran tus noticias si podían verlo por televisión u oírlo por la radio?

Enseguida aparecieron los helicópteros. Primero uno que me pareció de color verde oscuro, como de la Guardia Civil. Después llegó el otro, blanco y azul, de la Policía Nacional y estuvieron sobrevolándonos de manera insistente hasta que oscureció. Siempre me he preguntado por qué nos sobrevuelan tanto rato. ¿Para qué? ¿Es para calcular cuántos somos? ¿Es para grabarnos de cara a futuras hipotéticas identificaciones? O ¿es para entretenernos viéndolos pasar, provocando nuestra ira por sentirnos observados por la Gran Hermana Soraya que dice el 155 que gobierna hoy en Cataluña? Ayer no voló el helicóptero de los Mossos, estaba castigado. Pero si lo hizo durante un rato una misteriosa avioneta de color amarillo bastante destartalada. O eso parecía, porque en algunos momentos volaba como a trompicones hasta el punto de arrancar un “ay, ay, ay” preocupado de los asistentes.

Había tanta gente por todas partes, que la cabecera tuvo problemas para iniciar su marcha, lo hizo con retraso sobre el horario previsto y, cuando lo hizo, fue tan lentamente que allí donde nosotros estábamos ni nos enteramos y la espera se hacía larga.

“Llibertat presos polítics!”, gritaba la gente unas veces. “In-de-pen-den-cia!”, coreaba otras. Y cantaba, cantaba “L’estaca” y “Els segadors”. Y los afortunados que habitan los pisos que dan a la calle Marina, solidarios con nuestra espera, asomados a sus balcones y terrazas, ondeaban sus banderas y nos animaban y entretenían con sus cánticos y sus gritos. Y, desde imaginarios escenarios abocados a la calle, nos deleitaban con improvisadas coreografías, vitoreadas y aplaudidas a rabiar desde aquel inabarcable patio de butacas.

Y también, siguiendo el consejo de los organizadores, la gente estaba atenta a la radio para estar al corriente de cualquier incidencia y por esa razón, cuando las emisoras informaron que la manifestación cubría 3 quilómetros y 300 metros de calle, en nuestro entorno se escuchó un “Oh!”, ahogado, discreto. Era de incredulidad, primero, y de admiración, después. Y de orgullo ―¿por qué no decirlo?― porque todos los que estábamos allí y muchos de los que no estaban, nos sentimos orgullosos de ser catalanes y de querer la independencia, de ser pacíficos y festivos, solidarios y acogedores, disciplinados y siempre dispuestos.

Acabamos deseando llegar a casa para ver por televisión las imágenes de la calle encendida por las luces de los móviles, posible porque estábamos allí protagonizándola. Y aunque intuíamos que debía ser preciosa, no podíamos imaginar cuánto. ¡Tantas esperanzas, tantos deseos de libertad iluminando las celdas de nuestros presos hasta el último rincón!

El resultado, 750.000 personas ―¿sólo?―, según la Guardia Urbana en la calle y ni un solo incidente. Enhorabuena a los sediciosos, porque el día anterior, una concentración de 500 personas que enarbolaban banderas españolas acabó con incidentes ―una vez más―, esta vez con los periodistas que cubrían el evento, que tuvieron que irse escoltados por la policía.

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