Coraje

Me parecía demasiado bonito que Carme Forcadell y los cinco miembros de la mesa del Parlament pudieran salir indemnes del Tribunal Supremo. Finalmente, anoche, el juez Pablo Llarena dictó sus medidas provisionales y sólo uno de ellos se libra de la privación de libertad, aunque ―eso sí― eludible mediante el pago de sendas fianzas. A mi modo de ver, la decisión tomada ayer sólo indica que el juez del Supremo tiene una cierta sensibilidad, diferente de la de la jueza de la Audiencia Nacional que juzga a los miembros del Govern, si es que Carmen Lamela tiene alguna sensibilidad.

Después de conocer la decisión, vi “Polonia” en la televisión. Un rótulo advertía al empezar que el episodio había sido entregado antes de conocerse la decisión del juez sobre la presidenta y parte de la mesa del Parlament. El capítulo acaba con un discurso de  Puigdemont y, cuando termina, el actor que lo encarna entrega a una asistenta la peluca y las gafas que forman parte de su personaje. A partir de ese instante, la cámara sigue el recorrido de la asistenta por los pasillos, hasta que llega al almacén y coloca peluca y gafas sobre un busto de porexpan a la espera de un nuevo uso. La asistenta sale. La cámara se queda y empieza un recorrido silencioso que la lleva a unas estanterías donde se encuentran diez bustos como el de Puigdemont. Lentamente, los enfoca uno a uno. Todos llevan peluca, muchos también usan gafas. Todos tienen un rótulo que los identifica. Finalmente, la cámara se aleja lo suficiente para encuadrarlos a todos a la vez. Son los bustos de diez ciudadanos catalanes que también forman parte del programa y que ayer no pudieron intervenir porque se encuentran detenidos en cárceles españolas.

Y, después, aún  leí un rato. Pero, cuando apagué la luz para conciliar el sueño, el sueño no llegaba y entre vuelta y vuelta ―ahora hacia aquí, ahora hacia allá― pensaba en lo que escribí hace unos días y que también nos decía el Govern a través del mensaje que nos hizo llegar ayer. Que no podemos desfallecer; que hay que seguir adelante con firmeza. Que hemos de reconfortarnos y animarnos unos a otros, y estar unidos para darnos fuerza. Que si el 1 de octubre casi tres millones de personas fuimos capaces de defender las urnas para poder votar como lo hicimos, casi tres millones de personas ―por lo menos― habríamos de salir a la calle mañana para demostrar a España y al mundo cómo es de fuerte y sólido nuestro deseo de libertad. Y para exigir la libertad de los presos políticos que tenemos.

Ellos se lo merecen. Y nosotros y nuestros hijos también.

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