La última misiva

Querid@ amig@:

Creo que ésta va a ser mi última misiva. Ayer fue para mí un día largo y muy intenso y, como has visto, no pude escribirte.

Ayer llegué a una conclusión que será definitiva: el conflicto de la “cuestión catalana” no tiene solución dialogada porque su origen radica en las discrepancias que originan dos maneras radicalmente opuestas de concebir la vida y el mundo. No tendría por qué ser así porque todo habría de ser discutible y negociable, pero cuando una de las partes se aferra al dogma esa norma general no funciona. Y estarás de acuerdo conmigo en que buena parte de los españoles considera la unidad de España como un dogma de fe, como algo que se cree y no se cuestiona, algo que es así porque sí y que por lo tanto no se negocia.

Por el contrario, los catalanes, más abiertos a otras maneras de entender las cosas, consideran que todo evoluciona y que hay que adaptarse permanentemente a los cambios de los tiempos. Además, para la mayoría de catalanes, la unidad de España no es indiscutible y consideran que existen razones históricas, culturales y económicas que justifican sobradamente su anhelo de independencia. Por si fuera poco, en los últimos años el deseo secesionista ha crecido exponencialmente gracias a Rajoy, al azote de los gobiernos que el país ha tenido debido al empecinamiento de los españoles en votar masivamente al partido más corrupto de la historia, al partido que ha saqueado el país sistemáticamente; literalmente. Y sucede que, aunque el Partido Popular ha sido muy votado en el conjunto de España, apenas lo ha sido en Cataluña donde tiene tanta o tan poca representación como las Candidaturas de Unidad Popular a las que tanto odian.

El único mérito político que cabe atribuir a Rajoy, que ya es el peor estadista de la historia de España, es haber conseguido cohesionar a la sociedad catalana en torno a la idea de que es posible otro país: más justo, más social y republicano. Porque Rajoy fue el paladín que enarboló la bandera del anticatalanismo para demoler el Estatut que se había votado en el Parlament de Catalunya y a partir de ese momento el independentismo no ha dejado de crecer.

Ayer mismo escuché en Catalunya Radio a Juan José Millás ―que no es independentista, precisamente― afirmar que Rajoy echó mano entonces de ese anticatalanismo para cosechar votos fáciles sin pararse a considerar ni por un momento que estaba encendiendo la mecha de un polvorín imprevisible, como por desgracia se está viendo. Te recuerdo esto, porque Rajoy omite siempre este dato en los discursos que hace para culpar a la Generalitat de la situación actual, cuando el único responsable es él, que, además, desde entonces se ha negado sistemáticamente a hablar de la cuestión con los representantes catalanes.

Dejando de lado a Rajoy, escuchando a Millás, me pareció trágico que aún exista anticatalanismo en España (“A por ellos, oé!”). Y, al filo de ello, quiero decirte que estoy cansado ya de oír hablar a los dirigentes de Ciudadanos, Partido Popular y PSOE-PSC de fractura social en Catalunya y de que en todas las familias ha habido encontronazos y disputas debidas a este tema. Mienten y manipulan.

Ayer, otra vez, 450.000 personas salieron a la calle para protestar. Familias enteras, con sus niños, bebés incluso, ocuparon pacíficamente el Paseo de Gracia y las calles adyacentes. Las familias catalanas van a todas partes con sus hijos, incluso a las manifestaciones. No van a las manifestaciones con sus hijos para adoctrinarlos. Ayer mismo vi a padres y madres jugando con sus hijos sentados en el asfalto para entretenerlos mientras esperaban a que la manifestación arrancara. Barcelona, ayer y siempre que hay movilizaciones, es un hervidero de gente que va arriba y abajo sin meterse con nadie. Y quien diga lo contrario miente interesadamente o habla sin saber, sin haber estado nunca aquí. Como los que afirman que en Catalunya se persigue el castellano cuando, de cada diez veces que entras en un establecimiento del tipo que sea diciendo “Bon dia!”, en 7 u 8 te responden “¡Buenos días!”. En Catalunya hay la fractura social que los políticos que han de recurrir a la mentira quieren que haya, la que se inventan.

El tema de la independencia no es tabú, debería poder hablarse de él en cualquier ámbito, incluso el familiar, sin que nadie se rasgue las vestiduras. Lo que ocurre es que hay quien se las rasga porque es un dogmático de la unidad de España. Y, como es natural, todos tenemos algún dogmático en nuestra familia.

Así que, como te decía al principio, yo a esto ya no le veo una solución dialogada, porque dos no dialogan si uno no quiere.

Bon vent i barca nova!

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