¡Que decepción!

Querid@ amig@:

Fiel  mi intención de escribir cada día, aunque sea sólo un poco, aquí estoy de nuevo, delante de mi ordenador con los dedos a punto. Preferiría hablar de otras cosas, pero estos días me resulta muy difícil abstraerme y centrar mi atención en algo que no sean los acontecimientos, que se suceden sin parar. ¿Qué le voy a hacer? Me siento parte activa del momento histórico que está viviendo mi país y no puedo evitarlo. Así que, querid@ amig@, continuaré dándote la tabarra.

¡Qué decepción, esta mañana, cuando he conocido la respuesta de Puigdemont!

Ya sabes lo que pienso al respecto porque te lo he estado explicando todos estos días, así que supongo que no te extrañará en absoluto que me sienta decepcionado. Yo esperaba un sí tajante, una especie de:

“Dando cumplimiento al mandato expresado en las urnas por más de 2 millones de catalanes, el pasado día 10 declaré la independencia de Catalunya y, a continuación, la suspendí para abrir un período de negociaciones con usted sin más condiciones que la retirada de los efectivos policiales y el levantamiento de la intervención de las Conselleríes afectadas por ella. Parafraseando a alguno de sus correligionarios que han dicho que no se puede negociar con una pistola sobre la mesa, le digo que no se puede negociar con 10.000 policías a la espalda. Sin embargo, pasados unos días, a pesar de mi buena disposición las conversaciones no han empezado porque usted no ha manifestado la más mínima intención de negociar. Ni lo hará, me temo, a juzgar por la manera en que sus ministros y usted mismo se han venido expresando desde entonces. De manera que le aseguro que no nos rendiremos como usted pretende y no sólo le ratifico que SÍ, se declaró la independencia, sino que le comunico que doy por finalizados tanto el período que se había abierto para el establecimiento de un diálogo negociador como nuestra política de mano tendida”.

Y sin embargo ―en contra de mi opinión y la de otros aún menos pacientes que yo que el día 10 ya esperaban una declaración sin suspensiones―, mi President se ha ratificado en su voluntad de diálogo sin perder ni la serenidad ni la sonrisa ―¡Hay que ver cómo es de terco este hombre!―, pero, a diferencia de lo que hizo en la ocasión anterior, esta vez ha puesto una limitación temporal de dos semanas.

Al cabo de un rato, recuperado un poco del cabreo inicial, he vuelto a leer la carta y no me ha parecido tan mal. Después de todo lo que ya hemos esperado y aguantado, la independencia no vendrá de dos semana más y, con esa respuesta, el President demuestra a quien quiera verlo que por nosotros no va a ser que no se llegue a una solución dialogada y pacífica.

Las respuestas desde el gobierno y el Partido Popular no han tardado en llegar. Crispadas y pretendiendo hacer responsable a Puigdemont de lo que ha sucedido, lo que está sucediendo y lo que suceda en adelante. A mí me parece curioso que las referencias al diálogo por parte del Gobierno ―esta vez las ha habido― se remiten al Parlamento español, allí donde Mariano dinamitó el Estatut, y que se le ponga la condición de que el President se sitúe dentro de la legalidad constitucional que Mariano obligó a “romper” con sus empecinadas negativas a hablar de Catalunya en los últimos años.  Alguien habría de explicarle con dibujitos en la pizarra que aspirar a ser independiente no es un delito y que, por culpa suya, para que el pueblo catalán pudiera expresar su voluntad en las urnas las cosas se tuvieron que hacer como se han hecho.

Así que, querid@ amig@, estamos donde estábamos.

Aquí en Catalunya, unos estamos tranquilamente impacientes con distintos grados de tranquilidad, mientras otros piden ilegalizar a los partidos que propugnan la independencia. Ya sabes quién, ¿verdad?

Allá en Moncloa  y Génova, me parece que cada vez están más tensos y con menos argumentos, algunos deseosos de que los catalanes les demos una excusa para aplicar algo tan difuso como el artículo 155 de la Constitución, y otros exigiéndolo ya para poder dar rienda suelta a sus deseos totalitarios.

P. D.

Acabo de saber que el Major Trapero no irá a prisión, pero se le retira el pasaporte para que no huya ―¡como si fuera un cobarde!― y se le recomienda llevar siempre el móvil cargado encima para estar localizable. Querid@ amig@, Trapero es un servidor público responsable y eficaz; no es un delincuente y no merece ser tratado como tal. Pero, ya sabes, así es España.

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