Otra vez!

Querid@ amig@:

El día 1 de octubre estuve en mi colegio electoral desde la 5,30 de la mañana hasta que se cerraron las puertas y comenzó el recuento de votos. Yo era de los que querían votar y estuve allí, como tantos otros conciudadanos, para tratar de impedir que la policía lo clausurara y para facilitar la llegada de las urnas y el inicio de la votación. Afortunadamente, todo ello se produjo sin ningún problema. Los Mossos d’Esquadra que vinieron a primerísima hora se limitaron a levantar acta de que no era aconsejable precintar el Ateneu, dada la cantidad de personas que se encontraban a sus puertas. Y allí se quedaron toda la jornada, para velar por el orden sin mezclarse con nosotros. ¡Bien, eso es lo suyo!

La mañana transcurrió sin incidentes. Sólo alguna anécdota aislada alteró momentáneamente la calma, como la de los tres policías secretos que se quedaron a desayunar en el bar de la clase obrera que levantó el Ateneu, después de haber intentado acceder a la sala de votaciones sin conseguirlo.

Pero esa ausencia de incidentes no evitó la tensión íntima con la que los presentes vivimos la jornada. Todos estábamos pendientes de los móviles y de las emisoras de radio y los flashes que empezaron a llegarnos al poco de abrirse las sedes electorales no eran tranquilizadores en absoluto. Las noticias que se compartían en las redes sociales llegaban acompañadas de fotografías y vídeos que no invitaban a la tranquilidad, sino que, por el contrario, mostraban la brutalidad de la policía, que estaba siendo desmesurada y se cebaba indiscriminadamente en gente pacífica de toda edad, sexo y condición que defendía las urnas de sus colegios electorales con las manos levantadas.

Estábamos escandalizados, indignados. Y convencidos de que más tarde o más temprano nos llegaría el turno a nosotros. Y esa certeza, mantenida toda la jornada, resultó muy dura para mí y el día se me hizo eterno. Hoy, con el distanciamiento que me otorgan los días que ya han pasado desde entonces y la serenidad recuperada hasta cierto punto, porque los acontecimientos se suceden a un ritmo vertiginoso y no dan demasiado respiro, estoy en condiciones de confesarte, querid@ amig@, que pasé miedo.

¿Será porque siendo joven presencié más de una carga policial y tuve que correr mucho para no ser alcanzado por los porrazos de aquellos energúmenos de gris que salían ciegos de las “tocineras”? ¿O será porque quizá fui apaleado en una vida anterior que no recuerdo? No lo sé, francamente, pero no importa; sea por lo que sea, lo cierto es que pasé mucho miedo ante la posibilidad de que los guardias civiles se presentaran dispuestos a atacarnos.

Hacia media tarde se concretaron los peores presagios y empezó a correr el rumor de que las fuerzas represoras estaban ya en nuestra comarca. Incluso llegó a decirse que habían entrado en Igualada y hasta, en un momento determinado, que venían directos al Ateneu. Nos juntamos todos los que estábamos allí haciendo un grueso escudo humano que taponaba el acceso al edificio. Como pude, me quité las gafas y las metí en la pequeña mochila que llevo siempre conmigo. Se iban a romper igual, pero al menos no me las romperían en la cara.

― ¡Falsa alarma!, gritó alguien de repente. Y como para rebajar la tensión, añadió: ¡Pero como ensayo ha salido muy bien!

Todos vaciamos los pulmones a la vez y en la plaza se oyó un gran suspiro de alivio. Y luego risas, risas nerviosas. A nadie le gustaba la situación, pero todo el mundo aguantó el tipo venciendo el miedo que sentía. Al final no pasó nada, no vinieron. Poco a poco se fue sabiendo que en lugar de actuar en las capitales de comarca, los bárbaros preferían atacar pequeños pueblos indefensos. Pero, como digo, había corrido la voz y los otros pueblecitos se organizaron y atravesaron coches y tractores en lugares estratégicos de las carreteras de acceso para cortarles el paso. Y, en algunos casos, lo consiguieron. ¡Qué grandes!

Y, querid@ amig@, después de la falsa alarma, ocurrió la cosa más emocionante que puedas imaginarte. Se anunció que todas las urnas de Igualada venían hacia el Ateneu para ser mejor protegidas. La plaza estalló en vítores y, de repente, empezó a llegar gente desde los cuatro puntos cardinales de la ciudad. Eran quienes habían custodiado urnas y locales y también aquéllos a los que la consigna había pillado haciendo cola para votar en su mesa. Y entonces, cuando en la plaza y en las calles adyacentes ya no cabía un alfiler, empezaron a llegar las urnas precintadas y llenas de votos, portadas en alto, por encima de las cabezas de todos, como la antorcha con la que el último relevista prende la llama del pebetero olímpico. Cada vez que llegaba una, la multitud se abría, como hizo el mar Rojo a las órdenes de Moisés, y se volvía a cerrar tras ella en medio de la alegría y los aplausos de todos. Me emocioné tantas veces como ocurrió. E incluso se me escapó alguna lágrima.

Pero no acabaron aquí las emociones, amig@, porque, aunque sé que Mariano y los suyos os dicen que mentimos y que os manipulamos, la verdad es que al Ateneu empezaron a llegar ancian@s que apenas podían caminar, con sus bastones o sus “seiscientos”, en sus sillas de ruedas o del brazo de los hijos y nietos que los acompañaban: ¡querían votar! Llegué a perder la cuenta de las veces que el Mar Rojo se abrió en medio de aclamaciones y aplausos para dejarles que votaran en primer lugar. Emotivo, querid@ amig@. Emocionante como no pueden transmitirte mis palabras.

Y ahora me preguntarás que porqué te explico todo esto. Pues mira, te lo explico por dos razones.

La primera es que, por fin, después de todos estos días escribiendo como terapia para superar la conmoción que sufrí entonces, he sido capaz de dejar constancia sobre el papel de los aspectos líricos de aquella épica jornada, que si bien para mí resultó incruenta, para otros fue infausta.

Y, en segundo lugar, porque hoy estamos en aquel punto de la historia en que Puigdemont ha de responder al requerimiento de Rajoy, previo a la puesta en marcha del artículo 155 de la Constitución que ya está utilizando de manera subrepticia. “Negro sobre blanco” dijo Rajoy que lo quiere. Perdona la digresión, amig@, pero a mí me parece una expresión horrorosa, aunque seguramente es así porque fue el título de un programa de Televisión Española urdido, dirigido y presentado por otro ilustre derechista, Fernando Sánchez Dragó, aquel amigo de escuela de José María Aznar a quien nunca soporté.

Rajoy sabe que la independencia de Catalunya está proclamada y suspendida temporalmente a la espera de un diálogo que todo el mundo pide pero él se niega a conceder. Nadie sabe a ciencia cierta cómo reaccionará Rajoy ante una respuesta como la que recibirá, pero parece que contempla diversas réplicas, todas ellas amenazadoras para la integridad física de los catalanes. Se dice, incluso, que en la recepción previa al magno desfile militar de la Hispanidad, en algunos corrillos se dijo que las detenciones del President y del Vicepresident están previstas para el próximo lunes. Cualquier cosa que Rajoy haga será preocupante para nosotros, porque no actuará desde la inteligencia y el sentido común sino desde el despecho y la víscera, y eso siempre es un peligro.

Pero como te decía, querid@ amig@, la segunda razón por la que te he explicado mi 1er. día de octubre es que quiero que entiendas que un pueblo que consiguió lo que se consiguió aquel día en Catalunya no se arruga fácilmente aunque sienta miedo a la violencia física, que lo que hizo fue capaz de hacerlo por la convicción que tiene en lo que siente y porque son muchos, muchísimos, quienes lo sienten. Así se ha visto en las celebraciones del 11 de septiembre de los últimos años y en otras manifestaciones igualmente muy multitudinarias.

Si por casualidad vieras a Mariano, habla con él y transmítele cuanto te he dicho. Y le dices también que si tiene dudas le propongo que pacte sin condiciones el referéndum (en Catalunya) que le piden algunos para saber lo que piensan de verdad los catalanes. Aunque sé que no lo aceptará porque sabe que ganaría por un amplio margen el sí  a la independencia y eso no le conviene, porque entonces ya no podría decir que es ilegal.

De manera que, a qué esperar. El lunes contestaremos al requerimiento, se levantará la suspensión de la independencia y se proclamará la República Catalana. Aunque seamos invadidos y arrasados. Otra vez.

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