Paul Auster

El Magazine ―suplemento dominical de La Vanguardia­― de hoy publica una entrevista con Paul Auster con motivo de su última novela, un proyecto en el que ―en torno a la pregunta ¿y si…?― describe cuatro vidas diferentes para un mismo protagonista. Seix Barral publicará “4321” en España y la tendremos en las librerías a partir de mañana.

Aunque nunca he leído nada de Auster, he leído la entrevista atraído por uno de los entrecomillados insertados entre el texto. Lo que dice este septuagenario norteamericano que nació en Nueva Jersey y lleva 30 años viviendo en Brooklyn (Nueva York), me ha parecido sincero e interesante, y, por tanto, digno de figurar entre las anotaciones de mi diario.

Cuando la editora de la revista haya volcado el contenido del número de hoy en la edición digital, incorporaré aquí el vínculo. Nunca se sabe, puede resultar útil tener la conversación siempre a punto. Pero mientras tanto y por si acaso, ahora que aún tengo el ejemplar en papel localizado, anotaré a mano alguna de sus respuestas.

En torno a la educación, dice:

“Pasaba la mayor parte del tiempo en la calle con los amigos porque mis padres llegaban a casa tarde de trabajar y apenas se hablaban. Fui muy afortunado de crecer en un momento en el que el modelo educativo imperante era muy liberal y consistía en que los niños gozaran de abundante tiempo libre para jugar y leer, no nos ponían deberes porque se entendían como un fracaso de la labor docente. A esto se añadía que los padres no supervisaban obsesivamente a sus hijos, les concedían libertad, no eran como los padres helicóptero de hoy en día, siempre revoloteando, sobreprotectores y miedosos. Gozabas de un margen de independencia y de resolución de los problemas por tus propios medios que se me antoja crucial para abordar luego los retos de la vida adulta”.

De su proceso de escritura, explica:

“Sigo escribiendo a mano, luego paso el material a máquina de escribir y una asistenta se encarga, por último, de volcarlo en un ordenador. Por suerte, esta ralentización derivada de mi escasa competencia tecnológica se compensa con un instinto muy acusado para saber qué funciona y qué no en una historia. Tras medio siglo escribiendo, buena parte del proceso de escritura se desarrolla sin que haya mucha reflexión de por medio. Es como si mis huesos, mi piel y mi sangre me dictaran lo que merece la pena conservar o sacrificar. En los inicios de mi carrera, por el contrario, no dejaba de darle vueltas a todo, suponía un ejercicio mucho más lento y paralizante. Bendita experiencia. Esto no significa que escribir se haya vuelto más fácil, sino sólo más fluido”.

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Mientras tanto, nuestra Fiesta Mayor evoluciona favorablemente hacia su final, con animación en las calles y alegría en los vecinos.

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