¡Yo tampoco tengo miedo!

Hoy la música vuelve a oírse en mi despacho. Poco a poco, la normalidad va abriéndose camino después de que los acontecimientos de los últimos días me hayan tenido afectado y triste.

He estado  en silencio desde que nos enteramos de los atentados, volviendo de Aransís el jueves por la tarde. Paula nos puso sobre aviso con un What’s up e inmediatamente pusimos la radio del coche. Sólo he hablado de ello con Anna, que venía conmigo. No he dicho nada en Facebook, donde la mayoría ya ha expresado su estado de ánimo, porque había perdido las palabras. Y supongo que es por eso que me he sumido en el mutismo, en un silencio interior que me ha permitido reflexionar, intentando digerir racionalmente lo incomprensible.

Ayer, a mediodía, una gran cantidad de personas de toda clase y condición se reunió pacíficamente en Barcelona, en torno a los escenarios de la barbaridad. Mientras veía las imágenes por televisión pensaba que no debemos dejarnos engañar, que aunque también habían acudido a esa concentración personas con nombre y apellidos, hemos de saber que los verdaderos protagonistas de la historia somos nosotros, toda la gente anónima que lloró en silencio a sus muertos y heridos ―las víctimas siempre son del pueblo― y que levantó la voz para decir que no tiene miedo, para que se entere quien mueve los hilos de sus fanáticas y enajenadas marionetas para imponer el terror.

El pueblo es siempre quien paga todas las consecuencias. Los otros, los que tienen nombre, se ponen en primera fila para salir en las fotografías y quedar bien con súbditos y votantes, pero tanto las víctimas como los verdugos son gente del pueblo y habríamos de entender por qué.

La reflexión ha hecho mucho más fuerte mi convencimiento de que al odio se lo combate con su opuesto, el amor, de manera que estoy de acuerdo con todo aquél que lo proclama o lo demanda.

Yo tampoco tengo miedo. ¡Ya no! Así que, en adelante, me consideraré legitimado de contestar con lo que pienso a todo aquél que se sienta libre de decirme, por el medio que sea, que hay que cerrar fronteras y echar de nuestro país a todos los extranjeros, especialmente a los musulmanes. Todos somos humanos, todos somos iguales y todos merecemos el mismo respeto. Todos formamos parte de la misma unidad. Y, en todas las culturas de esa unidad, hay disidentes y radicales, y los habrá mientras no seamos capaces de dotar a nuestros hijos de espíritu crítico y educarlos en el respeto a la diferencia y en el amor al prójimo.

Yo nací en Barcelona y siempre me he sentido muy orgulloso de ello. Barcelona es una ciudad de confluencia, de acogida, y sé que sus gentes no se dejarán intimidar y superarán el trauma sin que nada ni nadie consiga hacerlas renunciar a su esencia tolerante y solidaria.

La vida en Barcelona volverá a ser como era: ¡sin miedo!

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