Mi amigo

Un bombero muerto en acto de servicio fue el padre de un amigo de la infancia. Por razones que luego resultarán obvias, me referiré a él como mi amigo, simplemente.

Éramos vecinos. Nuestros padres vivían en la misma finca, en un bloque de viviendas baratas que terminó de construirse a principios de los cincuenta, poco antes de que nosotros naciéramos. Desde pequeños mi amigo y yo pasamos muchos ratos juntos porque, además de vecinas, nuestras madres se habían hecho amigas y se encontraban todas las tardes para hacer calceta. La madre de mi amigo era pequeña y regordeta, y también de buena pasta, aunque refunfuñaba mucho. Y mientras ellas trabajaban charlando de sus cosas y nosotros jugábamos por el suelo, nuestras diferencias iban haciéndose más evidentes cada día que pasaba. Yo siempre fui un niño delicado y tranquilo que se entretenía con cualquier cosa mientras que mi amigo, que era mayor, tenía la complexión recia de su padre y era atrevido y de maneras rudas.

Sin darnos cuenta crecimos haciendo las mismas cosas y compartiendo casi todo, incluyendo los escasos juguetes que teníamos. Pero no íbamos a la misma escuela. Él, como hijo de funcionario del ayuntamiento, tenía derecho a ir a una escuela municipal y lo hacía. Su colegio era la envidia de toda nuestra pandilla: estaba en medio de un bosque en una de las colinas que dominan la ciudad y no estaba lejos de casa, porque en la falda de aquel cerro iba creciendo nuestro barrio. Por mi parte, yo tenía que conformarme con atravesar el paseo donde vivíamos y entrar en una torre con un pequeño patio donde un matrimonio gallego había instalado su negocio. Allí, en ese liceo, recibí la primera instrucción y los primeros capones.

Normalmente, jugábamos en la calle corriendo detrás de la pelota con otros niños del entorno. En aquellos años, todos los chicos tenían una y se jugaba con la del primero que llegaba. Pasábamos tardes enteras jugando al fútbol en un patio al que daba la parte de atrás de nuestros pisos. Era un espacio cerrado al escaso tráfico de entonces, y tan cercano que nuestros padres podían vernos y llamarnos desde las ventanas:

– ¡Luisito, Sube a cenar ahora mismo! ―se escuchaba.

Pero no siempre estábamos bajo su control. A veces, sin que ellos lo supieran, con los chicos más grandes y atrevidos a la cabeza, nos aventurábamos hasta lugares lejanos que los más pequeños desconocíamos. También escenificábamos batallas entre indios y americanos enfrentándonos en algún descampado de más allá, invisible desde casa. O jugábamos a policías que buscaban ladrones ocultos en lugares insospechados, recorriendo todo el barrio con nuestra algarabía.

― ¡Alto, policía! ―gritábamos cuando localizábamos a alguno.

Y, aunque ya éramos mayores y nos dejaban bajar a jugar a la calle, a veces mi amigo y yo también jugábamos en casa, a menudo la suya. De esa época, recuerdo su afición a los juegos bélicos. Yo creo que la heredó de su hermano, bastante mayor que él, así como buena parte del montón de soldados de plástico de la segunda Guerra Mundial en ademán de combate que guardaba en cajas de zapatos. Yo recuerdo a su hermano como un personaje siniestro, de ojos hundidos y ojerosos y de barba tan cerrada y tan espesa que siempre llevaba una sombra pegada a la cara. A mí me daba miedo, sobre todo cuando lo veía vestido con aquel uniforme que se ponía a veces, camisa azul, boina roja. Y, además de los soldados, mi amigo también tenía aviones, tanques, camiones y otros vehículos que eran réplica de los que habían utilizado los contendientes de la guerra. Yo no entendía nada de guerras, ni me gustaba jugar a ellas, pero a él le fascinaba el ejército alemán.

― ¡Heil, Hitler! ―decía, jugando.

Y, también en aquella época, mi amigo fabricaba pequeñas jaulas en que encerraba cualquier pequeño insecto que se cruzara en su camino y lo mantenía en cautiverio hasta que estábamos juntos en su casa. Entonces los liberaba y los torturaba por pura diversión. Era un experto cazando lagartijas y las atrapaba sólo para reírse viendo como se movía la cola tras separarla del cuerpo. A mí todo aquello no me hacía ninguna gracia, no me gustaba que lo hiciera, pero nunca se lo dije.

En el fondo creo que lo admiraba. Porque, en aquellos años, alguien que podía hacer algo que los demás no éramos capaces de hacer, era objeto de admiración. Ahora pienso que hacía todo esto para afirmar su autoestima y que no era consciente. Y que lo hacía delante de mí para jactarse de su rudeza y presumir de virilidad. Pero entonces, cuando lo hacía, me sorprendía realmente y, aunque me ponía los pelos de punta, yo admiraba su audacia y su valentía, que eran cualidades que a mí no me acompañaban.

― ¡Diantre de Chiquillo! ―decía su madre cuando nos pillaba.

Y lo decía a menudo, porque mi amigo era terrible. Recuerdo el día que muy excitado me hizo acompañarlo a rastras hasta debajo del aparador. Debido a la altura de las patas de ese mueble, encogidos, cabíamos ambos ampliamente. Mi amigo quería enseñarme un hueco donde escondía una caja de cerillas que le había robado a su madre. Se sentía orgulloso de su atrevimiento.

Momentos antes habíamos estado haciendo aviones de papel y los habíamos pintado. Él, siempre que hacíamos aviones, les dibujaba una cruz gamada en la cola y la insignia de la Luftwaffe en el fuselaje y en las alas. Ese día ya habíamos comprobado como planeaban y lo hacían de maravilla.

― ¡Ven, se me ha ocurrido una idea! ―dijo de repente, cogiendo las cerillas.

Y salimos del escondite y cogimos los aviones y él encendió la punta del suyo con una cerilla y lo hizo volar. El aparato respondió a la perfección y planeó trazando una curva perfecta que le llevó a posarse suavemente, amorrado a la cortina de tergal de la salida al balcón. Su madre faenaba sin poder vernos. En ese momento debía estar en el lavadero, haciendo una colada mientras las patatas hervían en la olla.

Supongo que a nosotros nos escapó un grito de asombro al ver cómo se prendía fuego a la cortina y por eso la mujer dejó sus quehaceres y vino corriendo al comedor. Supongo que entendía de fuegos y por eso nos sacó de allí sin intentar apagarlo. Quizás su marido le había contado secretos de su oficio, quizás actuó con presteza guiada sólo por su intuición, pero sea como fuere, su lucidez nos salvó la vida.

― ¡Diantre de muchacho! -renegaba, escaleras abajo.

Quiso el destino que el padre de mi amigo estuviera de guardia ese día y que le tocara acudir a apagar el fuego al mando de una dotación.

El infortunio hizo el resto.

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