La única novia que tuvo Magnífico Menudo

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-2-

Leandra había hablado todo el tiempo sin dejar de mirarse las manos. Había citado a Magnífico en una cafetería inaugurada en 1900 en el centro de la ciudad, un lugar tranquilo y pringoso, aunque la pringue no se viera por falta de luz. Se habían sentado a una mesa en un rincón discreto. Un camarero que ya debía trabajar allí cuando se inauguró el negocio les sirvió con parsimonia, por no hablar de lentitud artrítica senil: té a ella y café a él. Mientras hablaba, Leandra jugueteaba distraídamente con el sobrecito de azúcar ya vacío. Lo había plegado y desplegado tantas veces y tan a conciencia que al final se le deshizo en las manos.

Magnífico nunca había oído hablar a Leandra de aquella manera tan sentida. Estaba tan encandilado por su relato desde el principio que se había incorporado en su asiento y había puesto los codos en el borde de la mesa para apoyar la cabeza en las manos medio abiertas. Se encontraba tan a gusto que había acabado cerrando los ojos para no perderse ni el más mínimo detalle. Así, con los ojos cerrados, se concentraba mejor, podía ver a las personas y los lugares que Leandra describía como si viera una película en cinemascope. En aquel momento acababa de tomar conciencia de lo mucho que amaba a su novia y sonreía con expresión bobalicona.

Leandra dijo “Los mozos ya estaban enganchando los carromatos para emprender la marcha” y dejó de hablar para tomarse un respiro. Levantó la vista y vio a Magnífico sonriendo. Enrojeció de ira y levantó la mano derecha tomando impulso para descargar un sopapo.

Apercibido por el repentino silencio, Magnífico abrió los ojos justo en el momento en que la mano de Leandra alcanzaba su mejilla izquierda. Ella gritaba fuera de sí: “Pero bueno, ¿cómo te atreves a reírte de mi? ¡Pendón!”. La violencia del bofetón hizo que Magnífico perdiera el equilibrio y cayera al suelo, donde también fueron a parar silla, tazas, platos, cucharillas y otros enseres que debieran haber permanecido sobre la mesa. Leandra pugnaba por ponerse en pie, pero fondona como estaba, había quedado encajada entre el asiento y los reposabrazos de la silla Thonet y el canto de latón del mármol, y con cada acometida impetuosa no hacía más que comprometer el precario equilibrio en el que la mesa había quedado clavada, ligeramente inclinada y descansando únicamente sobre una de sus tres patas. Con la cara pegada al suelo junto a una cucaracha que pasaba por allí, Magnífico alcanzó a comprender que no era tanto que Leandra quisiera ponerse en pie como que se esforzaba para echarle la mesa encima, para rematarlo. Afortunadamente, la mujer acabó por percatarse del milagroso equilibrio de la mesa y cesó en su empuje, maravillada, y eso salvó a Magnífico de morir aplastado por el peso de aquel disco con pie de hierro macizo, como los de antes.

A Magnífico le costó lo suyo convencer a Leandra de que estaba equivocada, que no se reía de ella sino que, por el contrario, estaba muy enamorado y muy a gusto escuchando la historia de su abuelo. No hubo forma humana de conseguir devolver la mesa a su posición horizontal original y allí la dejaron, inclinada como una torre de Pisa, junto a un billete de 50 euros para compensar los desperfectos. Al salir vieron al camarero dormitando sentado a un lado de la puerta. No se había enterado de nada y pudieron ahorrarse las embarazosas explicaciones. En el local no había nadie más.

Ya en la calle, mientras decidían qué rumbo tomar, la muchedumbre los envolvió. En aquel momento dominaba la tendencia de ir hacia el mar y la riada humana los arrastró rambla abajo. No se opusieron, se dejaron llevar en volandas por un torrente variopinto de turistas de los más diversos lugares y de lugareños de las más diversas procedencias, profesiones y extracciones sociales. En efecto, amén de ciudadanos de honradez fuera de toda duda, hampones, rateros, chorizos, carteristas, banqueros y otros embaucadores de medio pelo se mezclaban con disimulo entre el gentío completando así su diversidad –la del gentío, se entiende- sin prejuicios raciales ni de credo ni de sexo, a la búsqueda de incautos a quienes aligerar los bolsillos haciendo uso de unas habilidades que debían mantener ocultas si querían salir bien parados.

En el trayecto hacia el puerto, cogidos de la cintura, los dos jóvenes se habían reconciliado entre arrumacos. Al llegar, Magnífico compró altramuces para la muchacha en un quiosco junto al mar, a ella le gustaban mucho, y se sentaron en las gradas que bajan hasta el agua en el muelle de las golondrinas. Una de ellas acababa de zarpar cargada de turistas cuando una repentina nube ocultó el sol, radiante hasta entonces.

Levantaron la vista hacia el cielo y comprendieron, enseguida y sin ningún género de duda, que la mítica escena de la película “Los pájaros”, de Alfred Hitchcock, iba a quedar como un inocente juego de niños al lado de la que se estaba preparando allí. Cientos, tal vez miles, de gaviotas se estaban reuniendo sobre sus cabezas y volaban sincronizadas describiendo círculos.

El capitán de la golondrina que volvía del rompeolas, viendo el panorama que se presentaba ante sus ojos, ordenó dar media vuelta, cosa que el timonel interpretó literalmente y ejecutó mediante un brusco golpe de timón. La embarcación derrapó entonces y estuvo a punto de irse a pique. Pero, finalmente, después de algunas vacilaciones, recuperó la verticalidad de manera milagrosa en medio de un concierto de alaridos de pasajeros horrorizados. El susto no pasó a mayores, pero provocó una ola que alcanzaba los 3 metros al llegar al muelle y que, al encaramarse por la escalinata de hormigón, dejó empapada a la pareja de enamorados. A esas alturas, Leandra y Magnífico ya se encontraban absolutamente solos. La gente, que hasta entonces había disfrutado de una plácida tarde de primavera junto al mar, había huido despavorida, incluido el vendedor de altramuces.

Una avanzadilla de una treintena de gaviotas se lanzó en picado sobre ellos dos para disputar los altramuces a Leandra, que aún no había abierto la papelina, ahora tan empapada como ella. Pero la mujer se defendió con el bolso y uñas y dientes y el resultado del escarceo fue muy dasalentador para las gaviotas: una docena yacían despanzurradas aquí y allá en torno a Leandra y el resto huían gimiendo lastimosamente para unirse a la desbandada general de sus congéneres allá en lo alto.

Magnífico miraba extasiado a su novia. Cómo le gustaba su carácter, cómo admiraba la determinación con la que afrontaba las adversidades.

Poco a poco, las aguas volvieron a su cauce y la golondrina a puerto. Leandra, ya más tranquila, volvió a sentarse y probó los altramuces. “¡Puaff! –dijo-. ¡Están salados!”

Continuará?

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