La única novia que tuvo Magnífico Menudo

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Un buen día, la única novia que tuvo Magnífico Menudo le dio un paquetito envuelto con papel para regalo y un lazo azul. Era una pluma estilográfica.

Leandra, que era muy dada a hablar y aficionada a los juegos de palabras, le dijo al dársela.

-¡Toma, Magnífico, para que no me olvides; para que pienses en mí cuando la uses, para que la uses pensando en mí!

Magnífico no pudo agradecerle el obsequio porque ella siguió hablando:

-Yo quería regalarte una Montblanc, ya sabes, la de la estrella. Te quiero mucho y por ti yo haría cualquier cosa, pero en el calcetín donde guardas tus ahorros sólo quedaba dinero para una Inoxcrom.

-¡No importa –balbució él-, es muy bonita, me gusta mucho!

Leandra volvió a hablar antes de que él pudiera continuar:

-Me voy, te dejo –dijo.

-Pero… –acertó a decir Magnífico.

-No hay pero, ¡espera! –respondió ella, imperativa. Y muy seria, añadió-. Enseguida lo entenderás, pero, por favor, no me interrumpas, que es una larga historia.

Magnífico calló. Estaba acostumbrado, Leandra se lo pedía a menudo. Ella habló:

“De niña yo era muy llorona. En casa, nadie podía soportar mis llantos y, a los pocos meses, mi padre y mis hermanos mayores huían de mi como si fuera una apestada. Mi madre no. Mi madre siempre tuvo mucha paciencia conmigo y nunca me dejó sola. Había estudiado con las monjas y era muy apañada y laboriosa. La recuerdo trajinando por la casa, con delantal. Parecía una chacha, siempre con pañuelo en la cabeza recogiéndole el pelo. Siempre trabajando. Cuando no barría y fregaba, cosía o remendaba calcetines. Lavaba la ropa a mano. En casa teníamos un pequeño lavadero de piedra que, en verano, ella nos dejaba llenar de agua para refrescarnos. Yo chapoteaba con las manos y mi hermano, Mediano, jugaba a los barquitos. Mayor ya no, Mayor ya era demasiado mayor para esas cosas. Mi madre tendía la ropa en los tendederos de la parte de atrás del bloque. Aquella ventana daba a una especie de patio cerrado al tránsito donde siempre había chiquillos jugando. Desde allí nos llamaba para que subiéramos a comer o a cenar cuando fuimos más mayores y nos dejaba bajar a la calle. Recogía la colada, plegaba las piezas que no necesitaban plancha y planchaba vestidos, camisas y pantalones. Y cuando no, tejía una bufanda o cocinaba para los cinco. Ella ponía la mesa y servía la comida. Se sentaba la última. Y también comía, claro. Después recogía el comedor y la cocina. Eso, antes de que naciera Pequeño, cuando los abuelos aún no habían venido a vivir con nosotros. Entonces, cuando ya fuimos ocho en casa, no puedo imaginarme cómo se las arreglaba.

“Según cuentan los vecinos, mi perseverancia y la potencia de mis llantos eran capaces de hacer saltar por los aires la más heroica y numantina resistencia, así que a nadie en el barrio le extrañaba que mi madre anduviera siempre con las orejas tapadas con algodones, para no oírme y no volverse loca. Ya no se molestaba en quitárselos ni para salir de casa.

Magnífico fue a decir algo, pero Leandra no se lo permitió, literalmente.

“Los abuelos se instalaron en casa cuando yo ya tenía 3 años y hacía sólo unos meses que había nacido Pequeño. Yo no podía llorar todo el día sin interrupción, ni antes ni después de que llegaran, es evidente. Necesitaba mis descansos porque llorar agota. Así que comía y dormía para reponer fuerzas y, a continuación, iniciaba otro berrinche hasta que ya no podía más. Pero es cierto que las cosas mejoraron cuando ellos estuvieron en casa. El abuelo se dio cuenta enseguida de que con él me callaba. Me cogía entre sus brazos, se sentaba y, mientras me acunaba, me contaba extrañas historias de ferias y de circos.

“En sus años mozos, el abuelo había sido volatinero en un circo, pero antes fue titiritero. Era un adolescente aún cuando pasó por el pueblo una tribu de feriantes y, entre ellos, unos titiriteros que le cautivaron con su arte. El abuelo era un joven de imaginación despierta, más apto para trabajos creativos que para las labores del campo a las que parecía destinado en el lugar donde vivía. Eminentemente rural, rodeado de huertos y viñedos de los que vivían sus gentes, aquél era un lugar en mitad de un camino que al abuelo no iba a llevarle a ninguna parte.

“Viendo trabajar a aquellos artistas se abrió ante sus ojos un mundo nuevo que –se le antojó- le ofrecía un sinfín de posibilidades y que –en el peor de los casos- le concedería el privilegio de conocer otros lugares, si se atrevía a adentrarse en él. ¡Viajar!.

“Creyó haber descubierto su vocación. Se trataba de algo insospechado, de algo que ni siquiera sabía que existiera antes de que aquellas gentes irrumpieran en el cerrado mundo en que vivía. Nunca antes nada le había infundido una ilusión tan grande como la que le invadió pensando en convertirse en un as de las marionetas y en llevar una vida errante, como la de los titiriteros. Lleno de excitación, habló con sus padres y los convenció para que le dejaran marchar. Ellos, por su parte, trataron con los titiriteros los pormenores del aprendizaje que iba a emprender.

“Así fue como el abuelo salió por primera vez del pueblo donde había nacido. Aprendió a dar vida a los títeres. Inventó personajes, construyó sus muñecos y escribió guiones que representó con éxito. En pocos años se había convertido en un maestro y había recorrido el país entero. El abuelo se sentía feliz con lo que hacía.

“En cierta ocasión, la feria con la que viajaba coincidió con un circo en la misma ciudad. Era una ciudad de calles engalanadas con banderas y guirnaldas, llenas de gente bulliciosa que paseaba risueña y feliz. Era verano, hacía buen tiempo y era la fiesta mayor. El ayuntamiento había programado bailes en los entoldados y conciertos en los parques. En el puerto se disputarían las tradicionales competiciones de traineras. Los feriantes ya había instalado sus casetas en el paseo y la carpa del circo, plantada en la playa recortando su silueta sobre el horizonte y el mar, estaba a punto para el estreno del espectáculo: la primera función en la ciudad. Era un buen circo, el mejor, y el abuelo lo sabía porque le gustaba el circo -siendo titiritero como era, casi huelga decirlo- y no quiso perderse la función. Aquella noche dejó a su familia de acogida a cargo del teatrillo y se fue.

“Volvió encantado con los equilibrios, brincos y cabriolas que los funambulistas hacían sobre el alambre, pero sobre todo con la más joven de la troupe, una muchachita rubia, de piel muy blanca y expresión dulce que se le antojó un ángel danzando grácilmente tres o cuatro metros por encima de su cabeza.

“El abuelo se había enamorado y ya no podía pensar más que en la joven volatinera. Durante el día, esperaba con ansia que llegara la noche. Y, cuando llegaba la noche, se iba a la carpa de la playa para ver la función. Así lo hizo todas las noches de aquella semana que duró la fiesta mayor. Su amor por la muchacha creció noche a noche hasta convertirse en un dolor que le atravesaba el pecho. Después de verla evolucionar sobre el alambre era incapaz de conciliar el sueño y pasaba las noches en vela, pensando en ella, revisando en su mente una y otra vez todos sus movimientos, ralentizándolos, desmenuzándolos, descomponiéndolos. Y, cuanto más lo hacía más hermosa le parecía y más se enamoraba y, sin embargo, no se decidió a acercarse a ella hasta el último momento en que fue posible.

“Acabados los festejos, el circo inició las tareas de recogida. La playa era un hervidero de actividad, todo el mundo trabajaba, hasta los artistas, que ayudaban a los mozos en sus tareas, olvidando por un día sus ensayos y entrenamientos. El abuelo buscó desesperadamente a la muchacha en medio de la vorágine que reinaba sobre la arena. Por fin, cuando empezaba a desanimarse, la encontró donde menos lo esperaba: dentro del carromato de los leones. Ya les había dado de comer. Las dos leonas, tumbadas indolentemente, observaban cómo empezaba a hacerle la manicura al jefe de la manada después de haberlo peinado con la raya en medio. La situación era muy disparatada, pero el abuelo no se arredró y, desde el otro lado de los barrotes, por si acaso, le dijo: “¡Te amo! Te seguiré allá a donde vayas”. El abuelo nunca supo si el estruendo de rugidos, relinchos, rebuznos y gritos que siguió era de aprobación o no. Recordaba que se le puso la piel de gallina y que se le erizaron todos los pelos del cuerpo. Por eso creía que no, que tigres, leones, caballos, burros, elefantes, monos, perros, focas y el resto de animales no estuvieron de acuerdo con él. El león macho en concreto, no debía estarlo en absoluto, porque puso muy mala cara, y rugió abriendo sus fauces para mostrarle una dentadura temible, a pesar del sarro y de las caries. Pero la muchacha calmó al felino con una caricia y, deslizándose con destreza entre dos barrotes, saltó al suelo con gracia, pisando al abuelo, que estaba allí, esperándola para acogerla entre sus brazos.

“El abuelo había enrojecido de puro dolor. La muchacha se había sonrojado de pura vergüenza. “Debe ser muy tímida”, pensó el abuelo. Ella, pudorosa, miraba las puntas de sus zapatos. Era lo único que se les veía, las puntas; los tacones, altos, se habían hundidos en la arena. Mientras tanto, enlazaba nerviosamente los dedos y los retorcía sin miramientos y giraba los brazos y las manos de una manera inverosímil sino imposible. Pero no decía nada y el abuelo creyó que le sabía mal haberlo pisado y que no sabía qué decir. Entonces ella esbozó una sonrisa antes de escapar dando brincos y haciendo cabriolas, como si estuviera en plena función. “Por cierto, ¿como te llamas?” –gritó el abuelo, que no podía moverse debido al dolor. Ella se detuvo y se volvió y respondió, pero el abuelo no pudo oírla. El griterío de los animales se había hecho ensordecedor y resultaba espeluznante.

“Los mozos ya estaban enganchando los carromatos para emprender la marcha.

Capítulo siguiente

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