Magnífico Menudo, oficinista

– ¡También es casualidad que haya de ser el mismo día que tengo el juicio! –dijo.

Quien así se expresaba era Magnífico Menudo, oficinista gris de escasa presencia y cincuenta y siete años de edad.

Menudo hacía tanto honor a su apellido que resultaba evidente que o sus padres no habían tenido ningún acierto al escoger el nombre con el que lo habían bautizado, o eran unos guasones. Era bajito y rechoncho, y cubría su evidente calvicie con el escaso pelo rubio que le nacía en los parietales. Lucía un bigotito y una barba de dos días cuidadosamente descuidada, casi blancos de tan rubios, con los que intentaba darse un cierto aire intelectual, que remataba con unas gafas siempre a la moda que necesitaba para compensar su miopía.

Menudo pretendía así incorporar a su aspecto algún rasgo que le hiciera interesante a ojos de los demás, pero sus esfuerzos siempre habían resultado inútiles. Magnífico nunca había sido santo de la devoción de nadie y nadie nunca le prestaba ya la menor atención. Sus compañeros de oficina lo evitaban tanto como podían y sólo se relacionaban con él cuando algún asunto hacía inevitable su participación y, además, no había más remedio. Y, sin embargo, Magnífico era eficiente en lo suyo y realizaba su cometido siempre a satisfacción del supervisor más exigente. Tanto era así que ya nadie se ocupaba de supervisarlo. Conocida su falta de aptitud para el trabajo en equipo, la dirección mantenía a Magnífico apartado de los demás para evitar que se repitieran situaciones que ya formaban parte de la antología de los desastres de la empresa: era el único empleado sin rango que disponía de despacho propio, discriminación ante la cual el resto de la plantilla se mostraba encantada y no furiosa, como cabría esperar.

Menudo completaba sus jornadas de trabajo en la más absoluta soledad. Raramente recibía visitas, pero cuando alguien entraba a su despacho encontraba la mesa ordenada y limpia. Jamás, en los 39 años que llevaba prestando sus servicios, se supo de nadie que pudiera afirmar haber visto sobre su mesa ningún montículo o montaña o siquiera más de un expediente de asuntos pendientes, como ocurría con las de sus colegas. Un marco con la fotografía de sus padres, el vade de piel que ellos le regalaron cuando empezó a trabajar, un reloj de sobremesa, una grapadora, un taladro y un pote con dos bolígrafos con la punta hacia abajo -uno rojo y otro azul-, un lápiz con la punta hacia arriba, un sacapuntas y una goma de borrar que nunca utilizaba, era todo cuanto se veía perfectamente dispuesto sobre una superficie limpísima y pulida. La estilográfica que le regaló la única novia que tuvo la guardaba aparte, en el cajón de la derecha. Nunca la usaba, para no verla. Si la veía lloraba desconsoladamente y lo ponía todo perdido. Magnífico era, como se ve, un maniático del orden y de la limpieza. Y un sentimental, a su manera.

Menudo completaba sus días en la soledad de la vivienda unifamiliar donde vivía desde hacía doce años. Con el tiempo, había llegado a convencerse de que no tenía sentido seguir enfrentándose a las absurdas pretensiones de los vecinos de la comunidad donde vivía. Magnífico tenía a gala decir siempre lo que pensaba y eso sólo le había proporcionado enfrentamientos y sinsabores, así que decidió suprimir a los vecinos. Esa fue la razón que le movió a dejar la capital y empezar una nueva vida en una pequeña ciudad interior. Pero cambiar de domicilio no fue suficiente para animar su insípida existencia.

Menudo continuaba llevando una vida metódica y ordenada, sin sobresaltos. A las pocas semanas ya se había acostumbrado a los gruñidos de sus nuevos compañeros. A algunos ya los conocía por haberlos visto en las convenciones que la empresa, con sucursales repartidas por todo el territorio, convocaba periódicamente. Para él fue una suerte llegar a su nuevo destino precedido de la aureola que lo envolvía pues apenas tuvo que esforzarse en el proceso de adaptación.

Menudo no tardó ni una semana en darse cuenta de que la ciudad que lo había acogido carecía de encantos, como él. Eso es una ventaja para mi. Alguien como yo ha de poder mimetizarse con facilidad en una ciudad aburrida, pensó. Pasar desapercibido era lo que más le divertía en aquel momento y en ello pensaba centrar todos sus esfuerzos. Unos días atrás, sin ir más lejos, Magnífico había desestimado la posibilidad de darse de alta en el grupo de Facebook “Me pillas en un momento de la vida en que lo que más me mola es no ser nadie”, precisamente por eso, para pasar inadvertido y no ser nadie para nadie, ni siquiera para quienes no quieren ser nadie.

Menudo, sin embargo, también sabía agradecer que su vida registrara algún hecho excitante de vez en cuando. Llevaba una vida solitaria, sin amigos, sin familia desde que murieran sus padres y no recibía más correspondencia que la propaganda de los partidos políticos en campaña electoral. Sin embargo, aquel día, al llegar a casa después del trabajo, Magnífico encontró, en el buzón que tenía en la verja, una tarjeta del servicio de correos que le informaba de que el cartero había llamado dos veces a su puerta para entregarle un certificado con acuse de recibo, y que le había resultado imposible hacerlo dada su evidente ausencia. Que si quería recoger el documento tendría que ir a buscarlo a las oficinas del servicio a partir de les 4 de la tarde de ese mismo día, de acuerdo con el horario que se especificaba al dorso. La letra del cartero que siempre llama dos veces era peor que la de su médico de cabecera, pero a Magnífico le pareció entender que el certificado lo remitía el Departamento de Justicia.

Menudo estaba tan intrigado por el contenido del certificado como excitado por aquella novedad que alteraba su rutina de los miércoles a media tarde, así que se plantó en medio del caminito que conducía a su casa atravesando el jardín decidido a salir de dudas. Dejar de sufrir esta incertidumbre es más importante que cambiar el agua al canario, se dijo. Así que Magnífico dió media vuelta y se fue sin más, sin ni siquiera haber llegado a poner la llave de casa en la cerradura.

Menudo recogió el certificado en una oficina desangelada, descolorida, desmayada, anodina, y aburrida. Por no haber, no había ni hilo musical. Pero eso, a Magnífico no le importaba. Se sentía como pez en el agua en aquel lugar. Camuflado en aquel ambiente, observaba los semblantes grises y tristones de los funcionarios moviéndose como almas en pena y a los diez minutos ya había empatizado con ellos. La necesidad de saber que decía el certificado lo mantenía en un estado de excitación tan desconocido que le resultaba agradable. Disfrutó como no recordaba haber disfrutado nunca de los 45 minutos que tuvo que esperar a que le entregaran un sobre después de haber facilitado sus datos personales, mostrado su documento de identidad, recitado los nombres de los reyes godos y firmado dos veces, una en un papel y otra en una pantallita.

Menudo abrió el sobre en la calle. Era una citación para declarar como testigo en una causa civil. Por más que leyó y volvió a leer, Magnífico no pudo saber qué se iba a juzgar ni para qué se consideraba necesaria su presencia. En el papel figuraba un número de auto y los nombres de demandante y demandado, pero esa información no le aclaraba nada. Estaba seguro de no conocer ni a uno ni a otro y se convenció de que lo habían citado por error. Sin embargo, decidió no ponerse nervioso y esperar hasta el miércoles siguiente, el día señalado para el juicio, para enterarse y ponerse a disposición del juez. Saldría muy temprano para llegar a la Ciudad de la Justicia con tiempo para informarse. Sí, eso haría.

Menudo se presentó en el despacho del director de su sucursal al día siguiente, a primera hora. Lo sorprendió abrazado a su secretario, dándole un beso apasionado y con lengua. Hizo como que no los veía y ellos lo ignoraron como era habitual. Cuando director y secretario hubieron acabado con sus cosas, sonrojados y jadeantes, recuperaron la compostura con parsimonia. Cuando por fin don Manuel consiguió cerrar la cremallera de la bragueta después de remeter torpemente los faldones de la camisa en sus pantalones, dijo:

– ¡Hombre, Magnífico, no sé verlo fuera de su despacho! ¿A que debo su inesperada y –por qué no decirlo- inoportuna irrupción?

Menudo le habló de la citación y de su sospecha de que se trataba de un error. Pese a lo cual –añadió– me veo obligado a presentarme, no vaya a ser que caiga sobre mí todo el peso de la Ley. Y le pidió permiso para ausentarse del trabajo el día del juicio, permiso que obviamente obtuvo sin ningún problema. Don Manuel, colocó una mano fofa en el hombro de Magnífico y, melifluo, dijo:

– ¡Naturalmente, naturalmente. Vaya usted tranquilo, amigo mío. Tómese todo el tiempo que necesite!

Menudo le dio las gracias y se disponía a salir cuando don Manuel añadió:

– Y si por un casual cayera sobre usted todo el peso de la ley, no se preocupe, con un what’s up bastará para justificarse.

Menudo pasó la semana soportando los reproches del canario por haberlo abandonado de aquella manera tan miserable. Excitado como nunca, Magnífico pasaba las noches imaginando preguntas del juez y de los abogados y ensayando las respuestas que daría a uno y a otros. Pero los grandes días llegan siempre y cuando llegan pasan sin remedio y sin que uno se de cuenta. El gran día del juicio había llegado y Magnífico madrugó para cumplir con los planes que se había trazado. Consultó el móvil, como cada día al levantarse, y encontró un mensaje que le informaba de un entierro al que habría de asistir inexcusablemente.

– ¡También es casualidad que haya de ser el mismo día que tengo el juicio! –dijo.

Menudo, después de pensarlo un poco, se dijo que, si todo iba como debía, podía llegar al funeral sin problemas después de asistir al juicio, y siguió con su plan. Una hora después estaba en la flamante Ciudad de la Justicia, pasando el control de seguridad. Antes de dirigirse al juzgado para informarse, perdió unos instantes plantado en medio del hall, contemplando maravillado la grandiosidad del edificio y observando a la multitud, que deambulaba sin orden ni concierto comprensibles para él. Superado el deslumbramiento inicial, se dirigió hacia los ascensores del sector C, donde estaba el juzgado. Magnífico permanecía perplejo delante de una botonera sin flechas. ¿A que planta va?, dijo una voz a sus espaldas. La mujer aplastaba contra su pecho un expediente lleno de papeles, abrazándolo como si se tratara de su amante favorito. Magnífico vio que pulsaba la tecla del número 6, el piso al que iba, y comprobó cómo, al cabo de breves segundos, la pantalla que había encima de las teclas le indicaba que el ascensor H le llevaría hasta allí.

Menudo iba de sorpresa en sorpresa sin saber que aquello no había hecho más que empezar. Ya en el juzgado, sin haber levantado la vista de los asuntos que la ocupaban, una empleada le dijo que debía dirigirse a la sala número 1403. Pero, oiga –dijo Magnífico, indignado- ¡si ni siquiera ha mirado la citación! Sin levantar la vista de los asuntos que la ocupaban, la mujer replicó resignada: ¡No me hace falta, es la misma historia de cada día. Usted vaya, vaya tranquilo. Recuerde, sala 1403, planta catorceava de este mismo sector! Y desapareció sepultada por una montaña de carpetas, legajos, expedientes, autos, citaciones y un montón de bolas de papel de aluminio de los desayunos de tres años, por lo menos.

Menudo esperó en el pasillo, sentado en un banco de diseño diseñado para romper las espaldas de los más consumados culturistas. Esperó pacientemente y vio sin alterarse cómo llegaba la hora. Y vio sin alterarse cómo pasaba un cuarto de hora de la hora, primero. Y media hora, después. Y así, sin alterarse, hasta hora y media vio pasar. Y, mientras tanto, Magnífico vio también, sin escandalizarse, cómo confraternizaban procuradores, testigos, acusadores y acusados y sus respectivos letrados. Y hasta tuvo tiempo de ver a algunos de éstos últimos jugándose al piedra, papel o tijeras la suerte de sus representados para no esperar más y poder marcharse a casa o a dónde fuera.

Menudo vio cómo se abría la puerta de la sala 1403 cuando por fin apareció en el umbral la misma mujer que había visto en el juzgado. Con la misma voz, pero más fuerte, la mujer dijo: ¡Magnífico Menudo, pase a la sala, por favor! Y Magnífico entró. No le hicieron jurar que diría la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, como había visto en las películas, pero a él no le importó porque, responsable a carta cabal como era, estaba dispuesto a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad pesara a quien pesara. Con el ánimo en lo más alto se sentó como le ordenó el juez.

– ¿Se llama usted Magnífico Menudo? –el juez.

– ¡Sí, su señoría!

– ¿Se encuentra bien, Sr. Menudo? Está usted blanco, casi se transparenta de tan pálido.

Menudo aseguró a la sala que se encontraba perfectamente con toda la energía que fue capaz de reunir en un momento de su vida tan sublime como aquél. Un desconocido, juez por más señas, se estaba preocupando por su salud. La cosa era tan poco frecuente que no le había ocurrido nunca desde que murieran sus padres. Estaba emocionado y tan al borde del llanto que no pudo concentrarse en las preguntas que le hicieron a continuación tanto el juez como los abogados de una y otra parte y las contestó a boleo. En tres minutos y cuarenta y dos segundos había acabado su participación estelar en un juicio que no llegó a saber si le iba o le venía.

Menudo bajó 14 pisos a la pata coja para evitar esperas en los ascensores. Cuando llegó a la planta baja no pudo resistirse a la tentación de ver funcionar de nuevo aquellas botoneras tan maravillosas y empezó a teclear, por probar algo, una sucesión de números de Fibonacci. Cuando iba a teclear el duodécimo término, el sistema ya estaba colapsado y los ascensores de todo el edificio habían dejado de funcionar. Huyó sin nervios hacia el aparcamiento para recoger su coche. Tenía prisa, debía llegar a tiempo a un entierro.

Menudo llegó al tanatorio un poco tarde, cinco minutos, nada más, pero en la sala de vela ya no había nadie. Se quedó quieto, de pie delante del sofá, pensando en cómo había podido pasarle una cosa así a él, que nunca había llegado tarde a ningún sitio. Se sentó abatido al lado de la mesa del rincón. Había un teléfono. Empezó a sonar. Magnífico contestó. Una voz gélida y oscura le dijo:

– Has llegado tarde y hemos tenido que empezar sin ti. Y eso significa que errarás como un alma en pena todo el resto de la eternidad.

Y colgó.

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