“Solo hay presente en el Tiempo del Negro, ¿entiendes?”

Cogió papel y lápiz y los colocó cuidadosamente a su lado, a su derecha, a punto para cuando los necesitara, y tomó el libro. Cerro los ojos y palpó el volumen durante un rato, como si así el mensaje del autor pudiera llegar hasta su cerebro a través del tacto. Era un acto ritual, casi místico, que repetía siempre que empezaba una nueva lectura.

Depositó el libro en la mesa y empezó a leer.

Él, que no era nadie, que nunca había publicado nada, estaba convencido de que cada escritor tiene su ritmo narrativo y que ese ritmo es parte importante de su estilo. Creía que las palabras de un texto son como las notas de una partitura, que las frases tienen música. Por lo tanto –razonaba-, una palabra encaja mejor que otra en una determinada frase como una nota suena mejor que otra en un determinado contexto.

Por eso tampoco en esta ocasión le sorprendió tener que releer algunos párrafos para acabar de coger el ritmo. Le ocurría siempre que leía algo de alguien por primera vez. Pero fue sólo al principio, mientras leía las primera páginas de la novela. Después la narración empezó a discurrir con fluidez en su mente a medida que sus ojos avanzaban por las páginas frase a frase.

Cuando acabó el primer capítulo, levantó la vista y anotó: “Ernesto”, en la libreta, debajo de donde ya tenía escrito el título del libro.

Era una caligrafía pulcra y clara. Su esposa decía a menudo que dibujaba las letras más que escribirlas. Ernesto era el nombre de quien parecía que iba a ser el protagonista de la historia y él lo había escrito pausadamente, con voluntad de que le quedara bonito.

Y, a la derecha de Ernesto, anotó Alicia, que era la mujer a quien más había amado. Y después, el nombre de la madre, Margarita, y el del padre, Eduardo y el de la hermana, Isabel, hasta tener tan completo como podía hasta ese momento un pequeño árbol genealógico y un breve esquema de relaciones entre personajes.

No es que fuera una costumbre, pero a veces, cuando leía una novela, recurría a este tipo de anotaciones, para no perderse a medida que leía e iban apareciendo personajes y más personajes. Tenía cierta dificultad para retener sus nombres. Además, tomar apuntes le ayudaba a separar el grano de la paja, de manera que los hechos relevantes, los que anotaba, permanecían más fácilmente en su memoria. Hacía como cuando estudiaba, nunca supo aprender de otra manera.

Y eso exactamente es lo que estaba haciendo ahora, aprender. Porque había acometido la lectura de aquella novela con voluntad de aprender a escribir una. Quería descifrar las claves, obtener alguna pista que le ayudara. Quería saber cómo se las arregla un novelista para desarrollar la idea en que se basa la historia que explica, qué es lo que hace para captar y mantener la atención del lector. Quería aprender a hacer avanzar un relato y a manejar el tiempo, el antes y el después y el ahora. Quería saber cuando conviene más la primera que la tercera persona para poner voz al narrador. Quería saber muchas cosas, se había desatado en él una furiosa avidez por aprender a escribir.

Unas veces más, otras menos, él siempre había escrito. Para él mismo, normalmente. Lo más osado que había hecho era exponer sus escritos a la curiosidad pública colgándolos en un blog. Para su sorpresa, sus lectores –pocos y siempre amigos o conocidos- habían opinado favorablemente en más de una ocasión y le decían que escribía bien. Él nunca los había tomado en serio -pensaba que se trataba de halagos de compromiso- pero seguía escribiendo, poco o mucho.

El libro continuaba abierto sobre la mesa y él estaba inmóvil, ensimismado reflexionando sobre su afición. El bolígrafo, vencido por su peso, se escurrió entre sus dedos y cayó sobre la libreta de anotaciones. Se sobresaltó.

Justo en aquel momento estaba recordando que unos años atrás había comenzado a escribir una novela y que ya la tenía bastante avanzada cuando la quemó. Se dio cuenta de que el protagonista no era su otro yo –como ocurre muchas veces-, sino él mismo. Sin haber sido consciente en todo el tiempo que llevaba invertido en el relato, resultó que estaba describiendo a la persona que había sido antes de transformarse en quien era entonces.

Consideró aquella experiencia como una terapia y la olvidó, sin más. Pero su deseo de escribir seguía vivo, siempre había estado ahí, en él.

Y entonces se acordó de los dos años de periodismo que había cursado cuando la facultad ni siquiera tenía una ubicación física y vivía de prestado en la de derecho de la Universidad Autónoma. Y de las idas y venidas en su coche entre Barcelona –de donde era y donde vivía entonces- y Bellaterra, con otros compañeros para ahorrar gasolina. Y de que lo dejó porque se convenció a sí mismo de que nunca podría llegar a vivir del periodismo partiendo de la situación familiar de la que partía. Apenas tenía veintiún años y el afán de escribir ya estaba ahí, en él.

Retomó la lectura y ya no pudo abandonarla hasta que le venció el sueño aquella madrugada. Al día siguiente, en un par de buenos tirones, acabó el libro y completó su esquema.

“¡Claro que si la idea de esta novela se me hubiera ocurrido a mí yo habría acortado algunas frases o utilizado otros calificativos en algunos momentos!” –pensó. “Pero cada uno tiene su manera de contar las cosas. ¿Quién soy yo para dictar a nadie la manera cómo debe explicar sus experiencias o lo que sabe o lo que piensa?” –se preguntó. “Para esbozar y desarrollar un argumento como el de esta novela hay que saber de los temas que se plantean y, una de dos, o se está preparado y muy bien documentado o se han vivido las experiencias en primera persona o en primera línea de combate. O ambas a la vez” -reflexionó. “Y yo no estoy en ninguno de esos casos”, se recriminó. “Así que, ¿quién soy yo, que no soy nadie, que nunca he publicado nada, para juzgar qué está bien o qué está mal escrito?”.
Fue entonces cuando sintió una opresión en la garganta y una congoja brutal que le subía desde la boca del estómago. Y lloró amarga y silenciosamente. Lloró hasta desfondarse y quedarse sin lágrimas. Lloró por no haber sido valiente, por no haber luchado por su deseo de escribir.
Y cuando se calmó su espíritu, volvió sobre la novela y se dijo y escribió que lo verdaderamente importante desde su punto de vista como lector era que aquella historia de amor, amistad y solidaridad le había conmovido y que el interés no había decaído en ningún momento, que al final de cada capítulo siempre había sentido la necesidad de continuar leyendo.
Y concluyó convencido de haber acertado este año para Sant Jordi, comprando las novedades de autores de proximidad y no consagrados -noveles incluso-, apostando por ellos, en suma.
Y se sintió doblemente satisfecho dado que, además de haber disfrutado con la lectura de “El tiempo del negro”, los beneficios obtenidos por su venta iban a ser destinados a organizaciones solidarias y de defensa de los derechos humanos, cedidos por su autora, Mireia Rubio Molín.

[bctt tweet=”Creía que las palabras de un texto son como las notas de una partitura, que las frases tienen música.” username=”RicardAldea”]

[bctt tweet=”Justo en aquel momento estaba recordando que unos años atrás había comenzado a escribir una novela y que ya la tenía bastante avanzada cuando la quemó.” username=”RicardAldea”]

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