Crítica de la razón cínica

Al Gobierno le sobra soberbia y le falta capacidad para sumar fuerzas en torno a un gran proyecto de Estado

Fernando VallespínComencemos con algunas perlas: “Creo que la amnistía fiscal mereció la pena” (Montoro); “la ley de tasas judiciales tendrá un contenido social extraordinariamente positivo” (Gallardón); “no estamos modificando el modelo lingüístico catalán”; o, en otra versión, “la reforma no minusvalora el catalán” (Wert); “los pensionistas valorarán la decisión de no actualizar las pensiones” (Báñez). A la vista de sentencias como estas, no podemos evitar preguntarnos si nos toman por imbéciles. Desde luego, hace falta mucho cinismo para no sentir el más mínimo pudor al mentir tan descaradamente, al defender con tanta firmeza argumentos a sabiendas de que no son ciertos.

Pero tontos no son. Siguiendo la máxima de Rajoy de que “hay que hacer lo que hay que hacer”, nos están inyectando todos los días una buena dosis de ideología conservadora. Los recortes son tremendamente eficaces para privatizar. Allí donde desaparecen o se deterioran las prestaciones públicas, se abre un hueco de mercado para la iniciativa privada en la educación y la sanidad. Por no hablar de la descarada y explícita entrega de servicios sanitarios al sector privado, algo que ya se inició, al menos en la Comunidad de Madrid, antes de la crisis. En nombre del ajuste en el gasto público, la mano del Gobierno abre la puerta a la “mano invisible” y, de paso, hace recaer sobre lo público la acusación de despilfarro.

Al Gobierno le sobra soberbia y le falta capacidad para sumar fuerzas en torno a un gran proyecto de Estado
Ahora, eso sí, ojito con tocar el poder municipal. Quizá porque no es susceptible de ser privatizado y atenta contra los intereses de la clase política. Tampoco hay recortes allí donde la ideología conservadora se siente más cómoda, en la presencia de la Iglesia en la educación y en su “españolización”. Aquí, contrariamente a lo que ocurre con los servicios sociales, no hay líneas rojas. En todo caso, las habría para quienes amaguen con poner a la Iglesia en su sitio, la supuesta “amenaza del laicismo”, o para quienes pretendan mantener un modelo lingüístico ampliamente aceptado en su comunidad. Podrían argumentar que no hacen más que aplicar su programa, y que es perfectamente legítimo. Pero, claro, las risas se oirían hasta en Sebastopol. O sea, que, después de haber infringido todas las demás, en eso sí se sentirían vinculados a sus promesas electorales. Aunque es lo que están haciendo, aplicar el programa ideológico de máximos del PP. Su pretendido pragmatismo encubriría en realidad la aplicación de puro doctrinarismo.

Tratar de extirpar el cinismo de la política es una tarea fútil, forma parte de ella de modo sustancial. Como bien sabía Maquiavelo, solo funciona, sin embargo, cuando la simulación es eficaz, no cuando comienza a desvelarse como tal. Sobre todo si quien pretende engañar encima abandona la virtud fundamental en la política, la prudencia. Ante la situación que estamos viviendo en Cataluña, ¿cabe algo más imprudente que tocarles en el punto más sensible, la defensa de su lengua? Eso no es solo imprudente, es incluso una clara señal de estulticia. Significa no haberse enterado de nada de cuanto está ocurriendo allí, ni haber entendido el mensaje fundamental emanado de las urnas. El batacazo de Mas solamente afecta a su pretensión de liderar el impulso independentista, pero deja incólume a la fuerza del movimiento, que sigue siendo mayoritario en el Parlamento autónomo. Este Gobierno, en vez de sentarse a negociar un nuevo acuerdo o, al menos, buscar líneas de aproximación, va y les endosa un nuevo agravio, el peor de todos. ¡Estupendo! Si la cosa estaba mal, ahora está en una situación patética.

Tampoco parece haber tomando conciencia de que estamos ya, de hecho, en un escenario que exige una renovación del pacto constitucional, y, por tanto, que lo que hay que promocionar no son las políticas de partido, sino aquellas susceptibles de generar el máximo consenso posible. Por ejemplo, en el ámbito territorial o en temas tan sensibles como la educación, por no hablar de la economía y las políticas sociales. Si se enroca en un modelo que solo satisface a su parroquia, si solo gobierna para una parte, estará incurriendo en una grave irresponsabilidad. En un entorno político ya de por sí marcado por la polarización, van y le dan una nueva vuelta de tuerca. Significa, además, romper con la máxima que supuestamente está guiando toda su política económica, nuestra presunta situación de emergencia nacional. Si es así, el objetivo sería despejar el camino para generar acuerdos, no para ahondar en las diferencias. Al Gobierno le sobra soberbia y doctrinarismo y le faltan la voluntad y la capacidad para adicionar fuerzas en torno a un gran proyecto de Estado. Ha elegido la opción contraria y lo pagaremos todos.

Fernando Vallespín, El País, 7 de desembre de 2012

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