Un día gris…

Un día gris (28-09-2012)Hace un día gris de esos que enturbian la mente y encogen el alma. Hasta la ciudad parece afectada y está más silenciosa que de costumbre. Juraría que los ruidos de la calle se perciben con más claridad, normalmente, y, sin embargo, hoy parece que todo se haga con sordina. Pero quizá no sea la ciudad, sino yo, que tengo los sentidos abotargados.

Ya sé que a nadie le importa lo que yo pienso. Sin embargo, pienso y creo que tengo derecho a decirlo y a decir lo que pienso, que son dos cosas distintas.

Por un lado, pienso. Y lo digo. Por otro, digo las cosas que pienso. Ahora está más claro, ¿no?

Si lees ésto, que lo dudo, disculpa por el embrollo. Mi cabeza funciona constantemente, pienso mucho. Es de siempre, siempre he sido así, ¿qué le voy a hacer? Mi vida interior es muy intensa. De hecho, siempre que estoy solo, estoy reunido conmigo mismo. A veces también me convoco a reuniones interiores cuando estoy acompañado. Depende de la compañía, ¡claro!, pero ocurre poco, porque soy persona de pocas compañías. Algunas veces tengo la sensación de ser invisible y pienso que quizá eso tenga que ver.

La verdad es que soy persona de mucha oreja y pocas palabras. Quiero decir que escucho más que hablo.

Es cierto que prefiero utilizar pocas palabras para expresarme. Si puedo decir una cosa con diez palabras, ¿para qué voy utilizar treinta? ¿Para confundir? No, no vale la pena. Ya lo dice el dicho: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Pero, dejando de lado mi predilección por la brevedad, a veces no hablo ni mucho ni poco, sólo escucho. ¡Y no porque no quiera hablar o no tenga opinión, no!, sino porque quien mucho me habla poco me escucha. Y ni siquiera me da opción a abrir la boca, ¡además!

Sí, todo lo que llevo dicho tiene que ver con la invisibilidad. Sin embargo, a pesar de ella, ¡aquí estoy, existo! Ya lo decía aquél, ¿no?: “Pienso, luego… ¡existo!”.

En la fotografía que ilustra esta entrada hay una chimenea. La has visto, ¿no? ¿No? Anda, ¡sube un poco y vuelve a mirar! ¿Ahora sí? Bien, pues lo que quiero decirte es que, aunque no la veamos, la chimenea está ahí.

Ocurre a menudo que no vemos las cosas al lado de las cuales nos encontramos. Podemos pasar mil veces al lado de la chimenea y no reparar en su presencia hasta el día en que se nos mete una piedra en el zapato y necesitamos dónde apoyarnos para quitárnosla. Entonces la vemos y recurrimos a ella.

Quienes vivimos cerca, nos hemos acostumbrado a su presencia y ya no la vemos. Pero sabemos que está ahí y, si algún día la necesitáramos para lo que fuera, iríamos y nos apoyaríamos.

Algunas personas son así, como la chimenea de la fotografía. Están aunque no se las vea.

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